El extraño estigma de las águilas

Entre Café y Café

Por: Miguel Andreis                                       

La cebolla

El motor de nuestro vehículo había comenzado a calentar. Tosía. Desandábamos

la ruta que atraviesa las partes más cercana al cielo de las Altas Cumbres. Detuvimos

la marcha cerca de un viejo rancho de adobe y paja. La sombra no abundaba. Un criollo de rasgos intemporales se puso de pie y se encaminó a recibirnos. Estábamos a pocos kilómetros de Mina Clavero. Sonrió y el vacío en su boca exponía una realidad de carencias ancestrales.

Estiró la mano y el saludo fue casi un gemido que se dispersaba con el viento. Un raquítico humo envolvía una negra y vieja pava. Nos invitó a acercarnos. Contó que era una cuestión muy frecuente que allí los autos se apunaran. Ingresó al rancho y al rato salió con una cebolla

cortada en trozos: “pónganselo en la toma de aire… le ayudará”. Nos miramos. Contó que se había jubilado en la Municipalidad de Nono, y que por un problema de salud debió radicarse allí… Ese lugar, a esa hora de la tarde se convertía en una foto de realismo mágico.

El sol declinaba su fuerza y la luz adquiría un color rojizo. Estábamos en silencio cuando nos quedamos absortos viendo el vuelo de las águilas a muy pocos metros.

Aves imponentes. Bellísimas. Abrumadoras. Apenas un imperceptible movimiento de las puntas de sus alas y la danza adquiría entorno de majestuosidad.

En mi caso nunca las había visto volando tan cerca. El viejo levantó una mano como en señal de saludo. Juraría que ellas le respondían con sus movimientos. La danza se extendió por unos treinta minutos…

“Ya se van para sus nidos, espero la tarde para observarlas. Aquí el número más o menos se mantiene. El gobierno las cuida”.

Sacó la pava de las brasas. Se presentó: “Mi nombre es Octavio Bernárdez…”, indicó con el sosiego de los que desechan los relojes. “¿Ustedes conocen la vida de las águilas?” Interrogó.

Respondimos que no. “Es algo maravilloso, saben las veces que pienso en el parecido que tienen con nuestro país… ningún ave se nos asemeja tanto”… ¿Qué parecido podemos

tener? Mascullé en silencio.

 

31 de diciembre a la tarde

Hombres y mujeres con bolsas recargadas. Sobre mi mesa de trabajo una recopilación de periódicos con los casos más resonantes del 2009. Leí lo de las últimas horas. Eduardo Duhalde asumirá públicamente su candidatura a la Presidencia para el 2011. Me pareció una perspectiva interesante. Debía elaborar un informe con los otros datos. Un trabajo de resumen que hago desde hace años. Nunca como en estos dos o tres últimos recuerdo tantas confrontaciones y palabras que se repiten como: corrupción, asesinatos, inseguridad, agresividad; el sobredimensionamiento del resentimiento. Y por ahí ya aparecían el “que se vayan todos”. Pasamos a recortes más recientes.

Allí la tinta nos indicaba, desde el nunca aclarado tema de las valijas de Antonini Wilson; el conflicto con el campo que jamás se atenuó; el enfrentamiento con Cobos; la ley de Medios Audiovisuales; la estatización de la televisación del fútbol… leyes que la escribanía de la Legislatura dimensionó hasta el infinito. Y el infinito se las tragó.

Gobernantes que conciben el poder de una sola manera: el autoritarismo como la esencia del populismo. No conciben el sentido de república. Tampoco hoy que ya no son gobierno.

Argentina perdió el poco sosiego que tenía… la paz levantó vuelo y se metió en una nube de turbulencias. La incertidumbre y el odio se bañan en la misma tinaja… corrí los diarios, el

teclado estaba alerta. Aquella charla con don Octavio Bernárdez golpeteaba mis silencios… ¿En qué nos podemos parecer a las águilas?

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

El águila se expone con dignidad, libertad y fascinación.

 

Tiene rasgos de sol, y de tormenta a la vez. Representa al guerrero inclaudicable. ¿Somos eso? Me pregunté. Encierran un ancestral sentido del simbolismo del fuego. Vuelan diferentes. Usan las corrientes para alcanzar distancias que otras especies no logran. El pico ganchudo y las garras ásperas son implacables. Es el poder que desciende desde el cielo con la velocidad de un relámpago… ¿Cómo país lo somos? Dudé en la comparación. Quizás en lo altivo, en eso nos parecemos. No me cerraba.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

 

El sacrificio para recuperar lo que el tiempo les llevó

Ese hombre nos había atrapado. Bernárdez soltó: “Si les cuento que estoy aquí por las águilas no me lo creerían… me sedujo su sentido existencial. ¿¡Qué podemos aprender de las Águilas!?… Primeramente no vuelan bajo, buscan las grandes alturas, generalmente construyen sus nidos a 1800 metros sobre el nivel del mar. Instruyen a sus hijos hasta que estos pueden volar por sí mismos. Cuando están en condiciones de sobrevivir por sus propios medios. Pero lo más enigmático es cómo reconocen a tiempo sus signos vitales de envejecimiento, instancia en que inician el proceso más trascendental de su vida.

Cuando alcanzan aproximadamente los cuarenta años van perdiendo sus fuerzas  para volar en las grandes alturas. Las plumas viejas se tornan pesadas; su pico se encorva hasta casi no poder abrirlo, y sus garras de vuelven muy apretadas y carentes de filos. No puede sostener a sus presas. Entonces ella asume el control de su vida. Toma a su cargo la responsabilidad de prolongar su existencia y decide, inexplicablemente, renovarse a sí misma. Sabe que de lo contrario perecería. Entonces se aparta en soledad en lo más alto de las montañas, en huecos ubicados en paredes verticales para que no llegue ningún intruso a desafiarla. Seguramente se acomodará allí donde alguna vez dejó olvidado un nido y se somete a un proceso sumamente doloroso pero vital; golpeará con fuerza contra una roca su pico hasta que su vieja corteza se desprende totalmente. Entonces esperará el nacimiento de nuevo y fuerte pico. No se moverá para no gastar energías hasta que nuevamente el pico crezca hasta su tamaño normal, entonces con el mismo se arrancará una a una todas sus uñas. Sus garras. Esto le llevará unos cuatro meses. Ya con las flamantes uñas, filosas y negras se sacará todas las viejas y pesadas plumas hasta quedar solamente la piel. El riesgo de morir de inanición está. Lo sabe. Ella tranquila esperará el proceso de rejuvenecimiento para volver a la majestuosidad de su vuelo. Se estima que luego de esa metamorfosis vivirá vigorizada unos treinta años más. Miren si no se trata un ave diferente…”.

———-

Ninguno emitió respuesta. Ese hombre de años indescifrables nos había instruido sobre un vértice viviente de la naturaleza. Se acomodó en su banquito de paja desflecada y sentenció “Argentina se le parece, cuando el maltrato se potencia, el odio nos inunda, las inequidades

se hacen palabra común, entonces perdemos la capacidad de volar, y creo que estamos cerca de vivir un nuevo proceso de transformación vital. Se han preguntado por cuántas transformaciones dolorosas hemos pasado antes de renovarnos… quizás que arranquemos para transformarnos y sobrevivir”.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Regresamos en silencio.

Cada uno pensando sobre las virtudes del águila que desconocíamos. Apilo los diarios. Arranco la primera hoja del almanaque. Enero 1 de 2010… tal vez lo que nos contó Octavio Bernárdez, allá donde las alturas conmocionan, guarde cierta similitud con lo que nos pasa como sociedad o se trate simplemente  de una leyenda.

Si hasta imagino que estamos a punto de cambiar las garras y el pico curvo. Lo necesitamos. Ser como águilas. Volar sobre los peligros de la inconciencia que alimenta el poder; ser luz expansiva y transformarnos en ese  habitante que desecha el caos; rugido poderoso que aleja la tormenta; y su baile y su danza son el espíritu sutil de la recuperación… Poco importa dónde quedaron las plumas, el pico o las garras… si se las llevó el viento o…

Tal vez sea hora que nos atrevamos a esperar el rejuvenecimiento. Sufrir, el hombre

tiene razón, hemos sufrido y no poco… apostemos a que nos saldrán nuevas plumas… debemos aprender a volar alto nuevamente… muy alto. No nos dijo si los países se parecen a las águilas…, la imaginación de cada quién, le agregaba imágenes al relato. ¿Nos parecemos?

Apenas un puñado de cebollas en el carburador nos permitió volver sin que el vehículo se apunara…

Deja un comentario


*