Franco y Mauricio…¿¡Odio!? ¿Derivaciones de un secuestro?

Notas

Plena siesta del 24 de agosto de 1991. Al frente  de una suntuosa vivienda ubicada en Tagle 2804, lugar caté de Buenos Aires, tres hombres observaban los movimientos  desde una combi estacionada a pocos metros. Mauricio, hijo de Franco, uno de los empresarios más ricos del país y con mayor preeminencia  la hora de negociar con el Estado, se bajó de su vehículo con la llave en mano y…

 

Por: Miguel Andreis

Rápidamente rodearon al  joven ingeniero. Eran tres.  Una de sus manos estalló en el rostro del delincuente. Enfureció a los otros. Otro  puño se estrella fuertemente en su cara. Un egundo lo tomó de atrás apretándole el cuello. En segundos ya estaba arriba del rodado (CombiVolswagen blanca). Ataron sus manos y vendaron sus ojos, no sin antes sacarle el reloj y el saco. La capucha lo estremeció.El alambre en sus muñecas le dolía. Estaba sin custodia.

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Franco semanas antes le había alertado a sus hijos que tuviesen precauciones en todos sus movimientos. Alguna información seguramente le llegó con anterioridad. Tal alerta la repitió- aseguran al menos dos veces más. Según el millonario ninguno le hizo caso.

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En rápido movimiento los secuestradores lo  depositaron en un ataúd. Uno de ellos se sentó sobre la tapa. La combi  cruzó las primeras esquinas sin reparar en los semáforos. Luego mermaron  la marcha. Algunas maniobras para ingresar a una antigua casona de Garay 2882. Allí lo esperaba un húmedo  sótano. Un caño le permitiría recibir algo de aire y también la comida.  Lo arrojaron sobre una cama y lo ataron con cadenas fijadas en el suelo y tomadas de los tobillos. Ignoraba lo que acontecía más allá de ese hueco.

La familia se negaba a dialogar con la prensa. No hablaban del tema. Meses después declararía ante el Juez  que “estar dentro de un cajón de muertos es una  sensación es espantosa. Ahoga y el temor es irrefrenable”

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Se pudieron conocer mayores datos. Luces en la pared, un televisor y  una pileta tomada de la pared, una mesa y una silla. Jugaban a que lo matarían… Comenzó a sentir fiebre  lo que preocupó a los capturadores. Algunos medicamentos como para mejorarlo y posteriormente le hicieron graban palabras para su padre. Obvio le pedían que pagara el rescate. Era un hombre “caro”, tenía bajo su responsabilidad la empresa Socma.

“Hola, necesito hablar con mi padre…” se reproducía una fina voz desde un grabador.  Franco intentaba negociar con una respuesta que en clave se conectaba a través de una radio.

Le dieron a la víctima  letra sobre lo que debía expresar. Los forajidos no se ponían de acuerdo entre ellos. Los más intransigentes querían el dinero. Si hasta llegaron a pensar en “boletearlo”. Otros comenzaron a tomar dimensión del peligro del elegido. A la semana se conoció públicamente el hecho. La prensa comenzó a conocer los pormenores. Para entonces toda la inteligencia del país estaba  detrás de Mauricio. En el grupo se debatió casi 24 horas qué hacer: Soltarlo aunque no cobrasen  o llevar adelante la operación.

 

En horas de la noche del 5 de septiembre (1991), bajaron al sótano, le sacaron la cadena y vendaron los ojos, dejándole sobre la cama  un pantalón de gimnasia. Lo introdujeron en el baúl de un Dodge 1500. Minutos después, Mario, uno de los delincuentes con quien más trató,  le entregó dinero para el Taxi y fichas  para el teléfono. Lo bajaron cerca de la Cancha de Deportivo Español.

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2 de la madrugada del 6 de septiembre. Mauricio detuvo un taxi y partió hasta la casa de una amiga. De allí  habló por teléfono a su familia. Se enteró que Franco dos días antes había negociado largas horas hasta acordar la libertad por 6 millones de dólares

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La  Policía Federal, fue efectiva. Logró con seguimientos precisos capturar a los secuestradores a quienes se lo denominó “ La banda de los comisarios”.  Eran sus pares. Todos de alto rango. Curiosamente solo pudieron recuperar unos 2,5 millones de dólares. Nada se supo de los otros 3,5 restantes. Franco había ordenado que se  microfilmaran los billetes antes de entregarlos, por si se recuperaban. Fue en vano.

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La persecución fue superlativa. Al fin y al cabo se trataba de una de las familias más ricas del país. Pocas semanas después Mauricio estaba reconociendo el lugar de encierro. No hubo entregador. La misma banda de los “Federicos”, hizo la logística.

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Mauricio tuvo los 12 días más largos de su existencia.  Los bandoleros fueron cayendo uno a uno. Nueve de los once acusados del secuestro recibieron condenas por parte del Juez Canicoba Corral, entre prisión perpetua y 10 años de cárcel. Varios ya recobraron la libertad. Ocho de ellos también vieron caer el martillo del juez por otros secuestros similares. Los de Karina Werthein,  Julio Ducdoc, Roberto Apstein y Sergio Meller.

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Desde entonces, algunas voces cercanas a la familia dan cuenta que creció una vieja tirantez entre padre e hijo…  Y hasta aseguran que Franco supo deslizar entre sus íntimos, “por no hacerme caso este bobo me costó  más de cuatro palos verdes”.

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Claro, es difícil conocer la verdadera  intimidad de lo acontecido. Franco a quien acusan de ser un adicto al dinero (y a las mujeres), fue tal vez el más duro crítico contra su hijo cuanto este iba por el Sillón de Rivadavia. Y llegó a sostener públicamente  que el “kirchnerismo era el mejor gobierno de la historia y que el país precisaba un Presidente proveniente de La Cámpora…

No se precisa  gran imaginación para hilvanar interpretaciones. Afirman que aún hoy sigue pensando, tal vez, en aquellos 6  o cuatro millones de dólares que debió pagar para que su hijo recuperara la libertad. Solo basta observar  la historia de ambos en los últimos años… ¡¡Amor de padre rico dirán!!

 

 

 

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