Villa María: Cuando los “montos” robaron armas a los “perros”

Entre Café y Café

Año 74- Barrio Bonoris                                            

 

Por: Miguel Andreis

 

Febrero de 1974.  Aún flotaba  el eco del séptimo Festival de Peñas. El barrio Bonoris (actual Barrio Güemes) aún mostraba un gran número de sitios baldíos, fundamentalmente en la zona más cercana al río. La capilla Cristo Rey era uno de los puntos referenciales de la calle Bruno Ceballos. A la vuelta de la misma, por la Salta, al frente de la Escuela del Trabajo, se erigía un pequeño salón y un patio con canchas de bochas y juegos de sapos; era el Club Pedro Viñas. A pocas cuadras un armero se fue haciendo conocido…

 

Un oficio con pocos referentes

La referencia que tenían los tres jóvenes y una mujer que se movilizaban en un Peugeot 404 blanco, era la Escuela del Trabajo. Dieron con la morada. Allí un hombre alto, morocho, como laburo extra al que tenía en la FMPE, tenía un taller de armas. Cuentan que también las fuerzas de seguridad le llevaban los “fierros”. Nunca le interesó la política, y tampoco quiso comprenderla. Prefería salir a cazar liebres a la noche con los amigos.  Al principio, lo del arreglo fue un hobby, más tarde se convirtió en un oficio que le permitió un aceptable ingreso. Por entonces no había muchos armeros en la villa. El más conocido, un alemán que casi todos sus trabajos se relacionaban con los adeptos a la caza mayor.

De tanto armar y desarmar, Don “G.R” (esas sus iniciales) les fue tomando la vuelta. Fabricaba culatas, reformaba otras. Comenzaron a traerle de toda la zona.

 

“Necesitamos que nos repare…”

 

Don “R” se sorprendió bastante cuando hizo pasar a esas cuatro personas. Creyó que se trataban de los “servicios” que nunca se identificaban. El diálogo fue acotado: “necesitamos que nos repare algunas…”. Le pidieron reserva. Tenían referencias que se trataba de un hombre de profunda discreción. Le dejaron dos fajos con buen dinero. A los pocos minutos en cajas de cartón le descargaron varias FAL (ametralladoras); una caja con pistolas 45 mm, y otras de 9 mm. También revólveres  calibre 38  y 32. Con el trabajo finalizado se le entregaría el resto. Tuvo la intención de no aceptarlo, ni de aceptar el trabajo. Algo extraño percibió en los visitantes. Si bien no le interesaba la política, tampoco ignoraba lo que acontecía en el país. Una semana después otro vehículo descargó una cantidad similar.

Luego supo que se trataba de representantes del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), brazo armado del PRT  (Partido Revolucionario de los Trabajadores). Uno de ellos con tonada tucumana. Una mujer manejó el diálogo

Don “R”, tuvo toda la intención de no aceptárselas. La sugerencia sonó fuerte: “las arregla o las arregla”. Recibió otro sobre con dinero. Mucho dinero. En las cajas algunas revistas con el título de “Estrella Roja”, otras “El combatiente”. No les interesó leerlas. Un fósforo y solo cenizas quedaron de ellas. No era su problema, ni le alcanzaba el tiempo para esa lectura. Debía quedarse hasta altas horas de la madrugada y aun así siempre estaba atrasado con las entregas. Solía ir a probarlas a un campo cercano al Club de Tiro, Caza y Pesca, a unos cientos de metros del Puente Andino.

 

El galponcito comenzó a quedarle chico, le fue agregando herramientas y cada vez eran más los “fierros”.

 

A mediados de marzo, a medianoche, suena el timbre en esa vivienda. El mecánico estaba en el galponcito buscando la falla a una 45 que tenía en la morsa. Los demás miembros de la familia dormían. Entornó la puerta asomando la mitad de su rostro, un pie se interpuso entre la misma y el marco; no lo dieron tiempo a nada. Siete personas ingresaron. Estaban armados. Palideció. Una Fal (a la que no le hacía falta sérvice), le apuntaba a la cintura. No hubo intercambios de palabras. Cada uno de los visitantes desdobló una o dos enormes bolsas de lona y allí comenzaron a introducir las ametralladoras, fusiles, las 45 y las 9, escopetas caños recortados, revólveres, municiones. En menos de cinco minutos su taller había sido desmantelado totalmente. Como todo diálogo le dijeron que se trataba de una acción revolucionaria del grupo Montoneros. Le estaban diciendo que guardara silencio.

Creyó morirse. ¿¡Cómo enfrentaría los reclamos de los otros propietarios!? Pensó que nada peor podría pasarle. Se convenció que su vida estaba en peligro.

A la mañana en varios puntos del barrio se encontraron volantes indicando: “PERÓN EVITA… LA PATRIA SOCIALISTA”; “PERON EVITA… VENCEREMOS”. Todos con la firma de Montoneros.

En ambas entradas del túnel, en la Terminal y Plaza Centenario fueron desparramadas centenares de revistas “El Descamisado”.

Era obvio que alguien de Villa María tenía datos sobre los “fierros” que allí llevaban los “perros” (así se denominaban a los militantes del PRT). Los tenía y los pasó.

Nuevamente la palidez lo invadió al armero cuando, cinco días después,  la mujer de gruesos anteojos, acompañada de dos jóvenes,  llegaron en la búsqueda de las armas. El comprendió rápidamente que ya sabían lo sucedido. Intercambiaron miradas. Ninguno habló. Sabían que este hombre, mayor, simple, era un laburante que no les mentía. Sintieron el impacto.

 

Los “montos” habían asestado un duro golpe a los “perros”

 

Cuentan que Don R, nunca más quiso recibir armas si sus propietarios no eran más que conocidos. Que por meses le costó conciliar el sueño temiendo represalias.

Hasta la policía habría llegado alguna información, pero no se avanzó sobre el tema. Los “muchachos” de la SIDE local, narran, tenían datos concretos sobre lo ocurrido.

Nadie quiso hablar de este tema. No hubo muchos casos de “mejicaneada” entre organizaciones armadas. Una fue en Villa María en 1974.

En agosto de 1976, en Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos, Don “R” debió responder un duro interrogatorio por lo sucedido. El viejo componedor de armas falleció poco tiempo después.  De aquel operativo jamás nadie se hizo cargo. Otra parte de la historia local que se guardó silenciosamente.

 

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