LA REBELIÓN DE LOS NARIZUDOS…

Notas

Por: Miguel Andreis                             

Tuninga siempre fue un tipo demasiado exagerado. Simplemente exagerado. Le molestaba sobremanera que lo calificaran con el mote de mentiroso. En todo caso no era otra cosa que un tipo con mucha imaginación.

Se crió en campos ubicados en la zona de Ana Zumarán y Cárcano. Por décadas trabajó en la pedanía de La Herradura en una chacrita que daba contra el río. Los domingos iba de visita a uno de los boliches de Cárcano a jugar a las bochas y, si le daban espacio, a desalichar historias:

“Por los años 50 – 60, cuenta, las inundaciones se sucedían. El agua se desmadraba con frecuencia e inutilizaba los cultivos y se llevaba todo lo que se cruzaba a su paso. Llovía en las Sierras Grandes y a resignarse…Siempre nos avisaba la Policía de Ballesteros con unas horas de anticipación. Metía miedo el agua”

Describía Tuninga sin levantar la voz. Sabía que su relato despertaba cierta curiosidad entre los frecuentadores.

La aparición de doña Nazarena

Avanzó en la descripción: “por suerte estaba doña Nazarena Peralta, viuda y madre de 9 hijos. Se los distinguía a lo lejos por la enorme nariz que tenían todos. Pero grandes grandes como nunca vi. Habían salido al finado padre”.

Y saltó la página cayendo en Don Raúl Torriglia, respetado maestro y Presidente del Consorcio caminero quien salió a citar chacra por chacra a los paisanos de la zona. El lugar de encuentro era el puente que une Cárcano con La Herradura. La idea, ver qué podían hacer cuando las aguas se desbordaran. Doña Nazarena, mujer robusta con medias de lanas debajo de la rodilla y azul pañuelo en la cabeza, escuchó las distintas opciones de los chacareros. Ninguna ofrecía nada alentador. La mujer pensó un rato y se atrevió a exponer su voz – ´yo me animo a parar la creciente. Solo necesito unos pocos pesos para hacer retroceder el agua´ dijo convencida. La miraron con cierta desconfianza. ¡¡Retroceder el agua….uhmmm!!. Fue el maestro Torriglia quien preguntó el para qué necesitaba dinero. Muy cautelosa ella respondió “para comprar pimienta blanca”. Alguien dijo: “no perdemos nada, son unos pocos pesos por cada familia. Lo intentemos. Otras voces se sumaron. Nadie entendía nada ¿¡Pimienta para parar una inundación!? Otros en cambio ´murmuraban esta vieja está loca´. Tuninga estaba fascinado con el silencio logrado con su descripción.

La influencia de los hijos

Nazarena como olfateando ciertas miradas irónicas pasó a explicar: –Con mis hijos les garantizamos que paramos la creciente. Con cinco kilos de pimienta blanca fina les aseguro que no solo que la detenemos sino que la regresamos, por lo menos hasta Villa María -. Los hijos, todos solteros y obedientes a rajatablas de su madre, estaban juntos en una de las cabeceras del puente. El más ñato de ellos superaba holgadamente los 30 centímetros de naso. Más aún, los domingos salían a cazar perdices o liebres. Se llenaban una fosa nasal con municiones y con un dedo se tapaban la otra. Apenas volaba o salía corriendo un bicho soplaban fuerte. No fallaban un tiro”.

Tuninga que se medía con el tinto continúo: “Cada gringo puso unos billetes y tres partieron en un Chevrolet `39 con rumbo a lo Baudino. 5 kilos en el baúl porque adelante no se aguantaba. Pasaron por la Jefatura para preguntar a qué hora llegaría la creciente a Cárcano. El milico le tiró que sería que entre las 3 y 4 de la madrugada. Patearon el Chevrolet, y a 60 kph emprendieron el regreso. Nazarena agrupó a sus vástagos, todos mirando hacia abajo para no chocar los prominentes órganos olfativos, y les habló al oído sobre la estrategia. El puente se llenó de gente, no sin antes poner sobre el techo de las casas o lugares altos todo lo más costoso que tenían. Hicieron el tambo con anticipación y dejaron la leche sobre la ruta 9.

Nazarena repartió en 9 partes exactamente iguales los cinco kilos de la blanca pimienta. Repasó con ellos cada punto estratégico. Mientras tomaban mates y embolsaban el producto, se arremango las medias y esperó rodeada de sus niños (29 el menor)”.

La batalla sería dura

Tuninga mantenía la tensión de todos. Siempre las inundaciones fueron cosas serias por estos pagos. “La mujer se apretó el pañuelo en la cabeza y se colgó un silbato de árbitro al cuello. A cada rato miraba el reloj despertador que guardaba en el batón oscuro. Uno a uno de los chicos se despidió de la mamá y se fueron caminando en contra de la corriente. Bien por la orilla entre los sauces. Las instrucciones fueron precisas. Cinco del margen derecho donde chocaba la corriente y cuatro del margen izquierdo. Las aguas empezaron a ensuciarse de hojas y una espuma blanca-amarillenta. Cuando vio los primeros troncos, esperó unos minutos y comenzó a hacer sonar el silbato, casi al instante comenzaron a oírse ruidos como truenos, todo se estremecía…. el viento asimilaba un tornado. Los campesinos espantados. Las mujeres se persignaban, los hombres se arrodillaban mientras se sacaban la gorra. Ella silbaba y los truenos se sucedían cada vez con mayor fuerza. Todo era asombro y temor”.

No lo podían creer

“El río se volvía en contra de su cauce arrastrando sauces y otras especies. Cada vez era menor la cantidad de agua que pasaba por debajo del puente. A las 6, cuando el sol venía apareciendo pudo verse a cientos de bagres, dientudos, viejas del agua y mojarritas boqueando por falta del vital elemento. Se observaban las toscas. Los truenos se fueron espaciando y escuchando cada vez más a lo lejos. Al último apenas eran unos chasquidos imperceptibles. Se abrazaban y vivaban a los hermanos. Un acordeón le puso sonidos a la alegría. Cerca de las diez de la mañana regresaron los nueve hijos. Totalmente exhaustos hacia su precaria vivienda en la pequeña chacra. Viejos paisanos del lugar, muy entrados en años, repiten el relato… esas 9 narices salvaron a varios pueblos de ser comidos por el agua…” Tuninga que se embronca cuando lo llaman mentiroso, afirma que aquella fue la gran rebelión de los narizudos… Y lo fue.

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