Salomón Deiver: Renuncia con variaciones

Notas

(Crónicas olvidadas de Daniel Baysre)                     

Salomón Deiver era un pintoresco caudillo digno de conocer.  Lo citaros para ser  interpelado en el Concejo Deliberante, donde sus propios concejales anunciaron que estaban contra su postura y exigían su renuncia, como forma de solucionar un diferendo que tenía con el sindicato de los empleados y obreros municipales. Copete)

Al anochecer se abrieron las puertas del Concejo Deliberante y la sala, habilitada para el público que no contaba con más de treinta sillas, fue prácticamente asaltada por los vecinos que, por nada del mundo, se privarían de ser testigos de un hecho histórico.

Poco más tarde los obreros del Matadero Modelo, llegaban con sus “herramientas de trabajo” para presionar activamente. Nuevas columnas integradas por los recolectores de residuos, regadores y personal de servicios, arribaban encolumnados;  provenientes del Corralón Municipal; también arribaban los  trabajadores del cementerio, los cuidadores de plazas, los agentes de tránsito, etc.

Obviamente la multitud, que terminó de colmar el recinto, se desparramó en el exterior ocupando la vereda y la calle colindante, hasta cortar el tránsito. Los cánticos de los asistentes, cargados de duras consignas que no dejaban lugar a dudas sobre las intenciones de los manifestantes, contribuyeron a crear un clima de expectación y matizaron la ansiosa espera.

 

Todo se disponía para una dura confrontación

 

A la hora  indicada, ocuparon sus bancas los señores concejales; uno a uno fueron tomando asiento Kairuz, González, Pedernera, Cacciorna, Arrizabalaga, Furque Sarmiento, Montalvo, y la joven abogada doctora Lynch, Concejal de UCRI, todos con la ansiedad pintada en sus rostros, pero conscientes de la importancia del resultado de  sus decisiones.

De pronto, por una puerta lateral, ingresa la figura inconfundible de Deiver;  traje azul, un clavel reventón de color blanco en el ojal del saco; la infaltable pipa en su mano derecha y su andar “chaplinesco”, con sus pies que siempre marcaban las 10 y 10, enfilando rumbo al sillón vacío en el estrado

Una ensordecedora silbatina de los municipales lo recibió. Con esa recepción bastaba para “achicar” al más pintado, pero Deiver sacando pecho avanzó con paso firme y se ubicó a la izquierda del presidente.

Comenzó la interpelación con un debate que fue tomando cada vez mayor temperatura. Los concejales lo apuntaban con el dedo índice acusador, como dándole énfasis a sus inflamados discursos que invariablemente eran coronados por atronadores vítores y aplausos de la barra “municipal”.

Deiver se defendía argumentando su postura, pero ni los concejales ni los municipales lo escuchaban. La interpelación se convirtió en un pandemonium.

En medio del desorden el presidente trataba de acallar los gritos desaforados de los activistas, apelando a los servicios de la campana y la chicharra, cuyos sonidos se mezclaban  provocando la sordera de todos.

De  pronto se escuchó decir a Deiver: “Está bien, ustedes quieren que renuncie, entonces voy a renunciar”. Un silencio absoluto ganó el recinto y la calle, no volaba una mosca, los asistentes sólo se entrecruzaban miradas. Los que allí estábamos íbamos a ser testigos privilegiados de un hecho trascendente de impredecibles consecuencias.

 

Una escena fellinezca

Recuerdo la escena, que quedó grabada en mi retina en forma indeleble, yo que no tenía veinte años y amaba la política contemplaba emocionado desde mi lugar, el desenlace del drama, de una gravedad inusitada,  según mi óptica de militante veinteañero.

Deiver  pidió al secretario  un papel en blanco y  comenzó a escribir, en medio de un silencio sepulcral que dejaba escuchar las respiraciones aceleradas de los asistentes. Tal vez en ese momento los concejales, hayan sentido cierto arrepentimiento por la dureza de sus intervenciones, tal vez don Carlos Anselmo, sopesara las responsabilidades que tendría que heredar como presidente del Concejo Deliberante; al fin y al cabo Deiver había ganado por su solo nombre, apoyado por el pueblo, sin el patrocinio de ningún partido político.

Deiver firmó, luego miró desafiante, sosteniendo la mirada sobre sus más tenaces opositores, mientras  lentamente su mano derecha, portadora de la esperada renuncia, se elevó hacia don Carlos Anselmo, situado en una plataforma a mayor altura en el estrado y acompañado el gesto con una sola palabra: “tomala”.

La escena se desarrollaba como en cámara lenta, y así la recuerdo; don Carlos bajó su mano izquierda a fin de recibir el escrito y cuando sus dedos ya acariciaban el preciado documento, Deiver cruzó su brazo izquierdo sobre el codo derecho y con un rotundo corte de manga, le espetó “¡¡¡tomá mierda!!!”, mientras simultáneamente se levantaba como un resorte y raudamente desapareció por los fondos dela casa, con su precioso  papel invicto, mientras que la mano de don Carlos, sólo encontraba aire en su camino.

 

Asombro

 

Una estruendosa carcajada ganó el recinto y la calle, hasta los sindicalistas reían hasta las lágrimas por la ocurrencia. Habían perdido el desafío y así lo reconocían. “Son las cosas del turco” decían, manifestando por don Salomón una indisimulable simpatía, que la obligada militancia sindical, con intereses enfrentados al Lord Mayor, no les había hecho olvidar.

Los concejales a su vez no salían de su asombro, habían perdido la capacidad de reacción. Estaban alelados, esperaban otra cosa, algo más racional. Pero el factor sorpresa con que Deiver contraatacó, fue claramente superior a la fuerza, al número mayoritario de sus oponentes y al propio terreno, totalmente desfavorable en que se desenvolvió la contienda.

Fue un golpe de nocaut que no admitió réplicas y que le permitió a Deiver sumar una anécdota más, a las muchas que acumuló y que no podemos dejar caer en el olvido.”

 

 

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