El parecido entre hombres y ratones

Nota de Tapa

La miseria del ser

Don Constantino Pierelli  no quería hablar del tema. Esquivaba referirse a sus experiencias en la guerra. Lo había marcado de tal manera que resistía a incursionar sobre su  memoria. Nunca logró una buena pronunciación del castellano. Tampoco perdió el italianismo.

Tenía aversión por los ratones, y sin profundizar demasiado, sostenía que alguna vez todos los seres humanos nos convertiríamos en ratas. Sentía escozor. Repugnancia por esos bichos. Afirmaba que nos parecemos… ¿¡Nos parecemos!?

 

 

Observo  como sectores  referenciales  del kirchnerismo que por el momento atraviesan los días, algunos rejas afueras, otros, bajo la expectativa de la sombra de los barrotes. Como la antropofagia de la miserabilidad, ante la Justicia,  les carcome los pocos restos de dignidad. Fue entonces que  recordé a don Pierelli…

 

Por: Miguel Andreis

 

 

En la medida que pasaban los años, más lo traumatizaba aquella vivencia.

Se espantaba por lo que veía, y comparaba. La sociedad le iba dando pautas que el hombre tenía algo similar, en común con los ratones. O en todo caso, los ratones se nos parecían. Y no era una visión kafkaiana. Nunca había leído “Metamorfosis”. Tal conclusión se generaba por lo que descubría en los diarios, escuchaba en radios o veía en televisión. Eran las pautas instituidas en la sociedad que habitaba. Crecía la cultura antropofágica en el colectivo social..

Le espantaba la violencia que iba desplegando la humanidad, ya instalada en su estadío más alarmante: la encarnizada lucha de pobres contra pobres. O en todo caso, el modo que políticamente se manipulaba la pobreza; el irracional usufructo de la  necesidad del indigente. Como si fueran ratones. Tenía la certeza que en dichas prácticas había una composición química que anulaba la racionalidad de las personas. ¿Qué hace que el hombre pierda la sensatez, la lógica, la coherencia? ¿Qué lo transforme en lo más similar a una bestia? “Algo químico influye, de lo contrario es difícil comprender tanta violencia”, se convencía.

 

Un secreto bien guardado

 

Don “Peri…”, nunca quiso referirse al tema. Apenas unos pocos de su familia conocían sus vivencias, y si bien no se trataba de un secreto concertado, nadie se atrevería a romper el pacto tácito de silencio sobre su experiencia. Nadie, hasta que un día, cuando  “Constantino” ya había pasado largo los ochenta, vaya a saber por qué, liberó sus vicisitudes sobre aquello vivido en la Primera Guerra cuando lo destinaron a Africa. Él formaba parte de las tropas italianas. Contó:

“La trinchera de los ingleses estaba a unos ochenta metros de la nuestra. Hasta podíamos saber qué hacía cada soldado a determinada hora; el que encendía un cigarrillo, el que cantaba, el que nos saludaba. Cuando la luna estaba llena nos veíamos los rostros. Los rollos de alambres de púas, de ellos y los nuestros, nos obligaban a levantar la cabeza para espiar. Nadie tiraría. Era parte de un código no escrito que jamás, desde ninguna orilla se rompió. El hambre y el frío mataban más que las balas. Sin embargo, nuestros enemigos más repulsivos no eran los ingleses, no, eran los ratones. Bichos inmensos, oscuros, gelatinosos, inmundos, nauseabundos. Dormirse sin que nadie nos vigilara equivalía a perder un pedazo de dedo, una parte de la oreja o una porción de nariz. Esos dientes afilados golpeaban tan rápido que no daban tiempo a nada. Brotaba el chorro de sangre y el temor nos invadía. Por cientos circulaban en la trinchera. Ojos rojos, roñosos, se movían rápido y no había pedazo de pan o comida que no encontraran. Nos preguntábamos si a los ingleses les pasaba lo mismo. Era una de nuestras incógnitas. Alguien aseveró que ellos no tenían ratones. ¿¡A tan pocos metros y sin ratones!? No lo creíamos. La curiosidad nos motivaba. Inquietaba”.

 

No existía tal veneno

 

Hizo un pausa, bebió un corto trago de grapa y continuó: “Una noche de lluvia, mientras que con la bota aplastaba un enorme y viejo ratón ahogándolo en el barro, escuché en un mal italiano: ‘¡arrojen las armas!’. Allí estaban los ingleses apuntándonos. Un batallón en pleno nos había cercado. No ofrecimos resistencia.  En pocos minutos, ya prisioneros, nos trasladaron a sus propios reductos. Trincheras como las nuestras. El mismo barro, el mismo frío. Horas después comprendimos que no había ratones. Ni uno. Se podía dormir sin el riesgo de esos dientes sobresaltándote. No existía ese olor pestilente y esos bigotes husmeantes muy cerca de tu boca… Pensamos que usaban algún veneno nuevo, sumamente potente. Tres días después supimos por qué no había ratones. Casi un secreto de estado, ya que sus mordeduras llevaban a enfermedades como la peste bubónica u otras incurables. Cientos de soldados morían por esas infecciones.

No había venenos eficaces. Al manos no en manos de los italianos. Una noche, a cuatro de nosotros, nos trasladaron hasta la punta de una trinchera abandonada, allí, un tambor de combustible vacío, enorme,  tenía en el fondo tres ratones que no paraban de moverse. Querían trepar en la chapa y caían. Y volvían a intentarlo. Lanzaban un chillido penetrante, agudamente espantoso. Se mordían revolcándose. Una linterna los enfocó, ninguno tenía cola y a uno le faltaba una pata. Fue horrendo ver esos ojos rojos  y los enormes dientes puntiagudos.

Quien mejor hablaba el italiano nos explicó el método: ´es simple, los ratones se exterminan entre ellos. Los dejamos dos o tres semanas encerrados sin agua ni comida a pleno sol, y de a poco comienzan a desarrollar una enfermedad, enloquecen, y cuando se vuelven desequilibrados y la violencia los lleva a unos contra otros a enfrentamientos mortales, los largamos cerca de donde están las cuevas con los sanos. Ingresan a ellas y comienzan a morderse, a matarse, a destrozarse hasta que se exterminan entre sí. Se contagian rápidamente. Ellos mismos se autoeliminan. Por eso no tenemos ratones”. Interrumpió el monólogo. Algo de su voz emergía quebrantada.

 

Cuestiones de parecidos

 

Don Constantino, supo años después que esa experiencia las hicieron también los norteamericanos en Vietnam, pero con seres humanos. Experiencias atroces.

Con el paso del tiempo, el italiano estaba preocupado, hacía tiempo que había comenzado a ver una mayor similitud entre aquellos ratones de la guerra y nuestra sociedad. Evitaba hablar sobre el asunto. Le daba escalofríos encontrar tantos parecidos. Una conducta tan similar. En los últimos meses de su vida se quedaba horas mirando las fotos de diarios. Se detenía  en los ojos de la gente… él los veía rojos, redondos… y todos, o casi todos, con finos bigotes que no paraban de moverse olfateando la víctima. Juraba que se parecían… sostuvo hasta su último instante que nos parecemos…

Extrañamente, desde hace tiempo también me repugnan los ratones y quienes se les parecen… y por momentos me parece ver por todos lados enormes tachos de donde salen raros y agudos chillidos… Más aun, creo que los tachos se van multiplicando.

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