GATO Y MANCHA

Notas

De hombres y caballos: una amistad inquebrantable.

 

Por: Iván Wielikosielek

 

Una de las mayores aventuras que involucraron al hombre y al caballo, empezó como muchas de las grandes aventuras de la historia; con una apuesta. Su propulsor era un tímido profesor suizo radicado en Buenos Aires, Aimé Félix Tschiffely, quien cansado de oír que el caballo criollo era denostado por criadores de equinos extranjeros, lanzó un desafío por radio.

 

 

 

“El caballo criollo no sólo es más noble que la gran mayoría, sino que es el más resistente del mundo” –dijo el suizo. “Y para probárselo a todos quienes lo desprecian y denostan, voy a ir montado en uno de ellos desde Buenos Aires hasta Nueva York”, remató en tono de desafío.

Loco. Delirante. Farsante. Lunático. Fueron los adjetivos más suaves que recibió Tschiffily de parte de la opinión pública, sobre todo al saberse que el suizo no tenía experiencia ecuestre alguna. Sin embargo, el profesor tenía una firme convicción teórica, y era la que había ido recabando día tras día tras sus enfebrecidas lecturas; esas que lo hacían sentirse orgulloso del país que tan generosamente lo había acogido; más orgulloso incluso que la inmensa mayoría de hipócritas que se inflaban el pecho cantando el himno pero preferían lo extranjero a cualquier producto nacional, incluido el caballo. Hete aquí las ideas que le dieron el marco teórico a la apuesta de Félix:

“Los caballos criollos son descendientes de aquellos que trajo Don pedro de Mendoza (el fundador de la ciudad de Buenos Aires) a la Argentina hacia 1535. Estos animales pertenecían a la mejor raza de caballos españoles, famosos en esa época gracias al considerable aporte de sangre Barba y Árabe que corría por sus venas. La historia y la tradición confirman que son los mejores caballos de América”.

La historia de los pingos criollos continúa así: cuando Buenos Aires fue saqueada por los indios, los descendientes de aquellos caballos españoles fueron abandonados para errar desolados por un país desértico. Vivieron y se multiplicaron durante cientos de años siguiendo las leyes de la naturaleza. Algunos fueron comidos por las fieras, otros perecieron de hambre mientras que otros fueron cazados por los indios. De esta manera aprendieron a sobrevivir en la aridez patagónica, en un clima difícil que los volvió más robustos que el resto de sus parientes afincados en suelo nacional.

 

Aparece un nuevo personaje: el doctor Solanet

 

Parecía que la delirante apuesta radial de Tschiffely vería el peor de los fracasos, y de esa derrota anticipada se mofaban los criadores del país.  Pero cuando un prestigioso veterinario de Ayacucho (al sur de la provincia de Buenos Aires) el doctor Emilio Solanet, se enteró de aquella singular apuesta, los detractores del profesor suizo se callaron de repente. Y es que Solanet conocía muy bien el caballo criollo y estaba convencido de la capacidad de este noble animal para resistir a las más severas condiciones climáticas. Así que se contactó con Félix. Al ver en el suizo al hombre valiente y decidido que era, no dudó ni un segundo en ayudarlo.

Solanet viajó a la Patagonia, más precisamente a Chubut, y una vez allí se contactó con el cacique Teutrif, dueño de cientos de caballos criollos, y luego con el cacique tehuelche Juan Casanata, experto en doma. Luego de una rigurosa selección, Solanet compró al cacique Teutrif 84 ejemplares que trajo en arreo casi 2000 kilómetros hasta su estancia “El Cardal” en Buenos Aires, lo que ya era una preciosa prueba de resistencia. Al llegar a sus dominios, Solanet llamó a Tschiffely y le obsequió dos de aquellos potros: “Mancha”, de 15 años y pelaje overo, y “Gato”, de 16 años y pelaje gateado.

En colaboración con amansadores, Félix logró una comunicación tan estrecha con los dos animales que éstos no se dejaban montar por nadie que no fuera su nuevo amo. Si en un acto de arrojo algún otro lo intentaba, los caballos mostraban sus dientes dispuestos a morder. Y aquellos temerarios dan de aquellos tarascones.

Así fue que algunos años después del desafío radial, el 24 de diciembre de 1925 más precisamente, Tschiffely junto a “Gato” y “Mancha” partieron desde la Sociedad Rural de Buenos Aires con rumbo noroeste, dispuestos a recorrer los 21.500 kilómetros que lo separaban de la Gran Manzana en un viaje sin precedentes en la historia.

Se cuenta que una multitud los fue a despedir a Palermo agitando pañuelos cuando los cascos de los animales ganaron el empedrado, trotando rumbo a la lejana Nueva York. Esos mismos pañuelos, tendrían una cita mucho más emotiva 3 años después-

 

La travesía

 

Félix y sus caballos soportaron toda clase de percances en el camino. Desde temperaturas glaciales de 18 grados bajo cero a 5900 metros de altura (Paso Cóndor en Bolivia) hasta un infierno de 50 grados a la sombra en algunas regiones de Centroamérica. Desde falta de agua y de forraje hasta las arenas desérticas en donde las patas de los animales se hundían hasta 20 centímetros en una arcilla hirviente. Y durante todas estas peripecias fue tal la comunicación entre los caballos y su jinete, que Félix escribiría más tarde:

“Mis dos caballos me querían tanto que nunca debí atarlos, y hasta cuando dormía en alguna choza solitaria, sencillamente los dejaba sueltos, seguro de que nuca se alejarían más de algunos metros y de que me aguardarían en la puerta a la mañana siguiente, cuando me saludaban con un cordial relincho”.

Pero mejor dejemos por un momento a Tschiffely el micrófono de esta crónica para que él mismo nos relate, mediante fragmentos de su diario y de su libro (“De la cruz del sur a la estrella polar”) algunas contingencias de su periplo.

“Al llegar a los desiertos del Perú sentí que me abandonaban mis fuerzas. Repuesto de un desmayo prolongado observé a mis dos bravos compañeros y tuve la sensación de que mi raid había terminado. Apenas tenía fuerzas para levantarme y el Mancha y el Gato, con la cabeza baja, resoplaban ansiando aire, asfixiados en un ambiente de infierno”.

Y luego:

“Decidí abandonar una lucha tan despareja con la naturaleza, renunciar al raid y desaparecer, irme a cualquier parte aceptando la razón y los pronósticos de mi fracaso. Pero en esos momentos recordé al doctor Octavio Peró, del que había aceptado una amistad incondicional y al cual había prometido llegar a Nueva York o quedar en el camino, recordé a La Nación, que seguía en sus crónicas la trayectoria de mi raid, comprometiéndose con su apoyo moral y sobreponiéndose a todas las ironías y a las mofas con que acogió mi propósito la mayoría de los periódicos, recordé a Emilio Solanet que me regaló los caballos y que me dijo: Si usted no afloja, mis criollos llegan. Y con todo este bagaje auspicioso de cariño y con la fuerza que desde Buenos Aires me enviaban mis amigos, sentí como si una voz me dijera: Seguí, gringo, levantate. Y seguí, seguí enfermo. Como hipnotizado veía a Nueva York y mis nobles caballos me siguieron”.

 

Entrada a New York con la celeste y blanca en el pecho

 

Y Aimé Félix Tschiffely llegó un día a la Gran Manzana. Fue el 22 de setiembre de 1928; es decir 3 años, 4 meses y 6 días después de su partida. Y lo hizo tras recorrer 21.500 kilómetros marchando a un promedio de 46,2 kilómetros por día y descansando en 504 etapas diferentes.

Pero Félix no llegó a tierra norteamericana con sus dos amigos, ya que el pobre “Gato” tuvo que quedarse varado en México al ser lastimado por la coz de una mula.

Por eso al entrar en Nueva York triunfantes por la Quinta Avenida, el tráfico paró en homenaje al jinete y su caballo, a aquellos amigos que habían recorrido las tres Américas cubriendo una superficie que ningún conquistador español siquiera imaginó. La gente se detuvo en honor a ese animal blanco de manchas oscuras y a ese hombre que llevaba una escarapela celeste y blanca desconocida en el pecho; en honor a ese dúo tan particular que ahora atravesaba la arteria más importante de Manhattan rumbo al Palacio Municipal. Allí los recibió el alcalde Mayor Walker, quien ante el Embajador argentino (el doctor Manuel Malbrán) le entregó a Aimé Félix la Medalla de Oro de la ciudad y desde entonces, desde aquel 20 de septiembre, en toda la Argentina se celebra el Día Nacional del Caballo.

Tschiffely volvió a viajar a Suiza y “Mancha” y “Gato” a sus añoradas pampas en barco, arribando al puerto de Buenos Aires tres meses después, el 20 de diciembre de 1928.

Años después y de regreso a la Argentina, Félix Aimé se llega a la Estancia “El Cardal”. Y es que la melancolía le ha carcomido el alma durante todos esos años que no ha dejado de preguntarse por la suerte de sus amigos, si todavía vivirán o algo bastante terrible también, si en caso de vivir sus viejos caballos todavía se acuerdan de él. No es difícil de imaginar el nudo en la garganta que habrá experimentado el suizo al llegar hasta Ayacucho, ese nudo que le ataba en la voz el miedo y la esperanza. Entonces Félix se baja en la entrada de “El Cardal”, ve la llanura infinita y desde la tranquera y como si llamara a fantasmas, lanza un silbido, el mismo con el que los llamaba a sus potros que pastaban en la madrugada para seguir viaje rumbo a Nueva York. Y hete aquí que a los pocos segundos y como desprendidos de la nada o de algún pedazo del horizonte que no es la región borrosa del olvido, se le acercaron al trote dos siluetas de caballos que luego empezaron a correr hacia el jinete: eran “Gato” y “Mancha” que iban al encuentro de su querido amigo. Aquellos nobles animales después de muchísimos años no lo habían olvidado.

 

Y la muerte no tendrá dominio

“Gato” y “Mancha” murieron en 1944 y 1947 a los 36 y 40 años respectivamente. Fueron cuidados hasta último momento por el paisano Juan Dindart en la Estancia “El Cardal”, y hoy sus cueros se encuentran embalsamados en exposición permanente en el Museo de Luján Doctor Emilio Udaondo. Por su parte, Aimé Félix siguió viajando; ral fue su destino después de viaje semejante. Y lo hizo por la Patagonia y por España y también por Inglaterra, isla que también atravesó a caballo, desde Escocia hasta Bristol. Pero siempre volvió a la Argentina. Lo cierto es que año enterarse de la muerte de sus animales, aquel nudo ya no se le iría nunca más de la voz y fallecería apenas 7 años después que “Mancha”, en 1954.

Sin embargo, a su último viaje lo realizaría 44 años después de ser cremado, es decir, en 1998, cuando sus cenizas abandonaron el cementerio de Recoleta en una procesión a campo traviesa que seguramente conocía la memoria de sus huesos. Dicho traslado se debió a una carta de puño y letra de Tschiffely que había sido encontrada por familiares. En esa misiva, el profesor pedía que sus cenizas descansaran en “El Cardal”, en el mismo foso en donde habían sido esparcidos las vísceras de sus caballos. Allí depositaron entonces los últimos restos de Félix. El polvo volvió al polvo y los amigos se encontraron, como dándole la razón al viejo poema de Dylan Thomas, que desde sus esperanzas renovadas contra la desaparición del alma, escribió en aquel poema “Y la muerte no tendrá dominio”. Y a lo probaron un simple profesor suizo y sus caballos criollos, que un día de 1988 volvieron a abrazarse más allá de esta vida.

 

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