Historia olvidada de un perro heroico…

Notas

Lo llamaba “Purvis”. Un soldado bravío con pelaje bayo

 

Todo fue a metros del palomar

El Palomar de Caseros ubicado en el Partido de Morón. Era una construcción circular, enorme, olorienta, agria. Por entonces se usaba con frecuencia la cría de palomas mensajeras. No iba a ser  un día más aquel 3 de febrero de 1852. Ya a la madrugada el clima era insoportable. El teniente  Gómez le dice al sargento Barbosa mientras caminaba con las botas en las manos: “Ocúpese de que los caballos tomen algo de agua, no mucha. Que todo esté  listo para la salida del sol”. Ambos formaban parte de lo que se denominó el Ejército Grande, una unidad de fuerzas de las distintas provincias argentinas; de Corrientes, Entre Ríos, grupos de Brasil y sectores de  uruguayos. Confrontarían con las fuerzas de la Confederación Argentina que llevaba como estandarte al gobierno Central de Buenos Aires. A la cabeza de los primeros Justo José de Urquiza; mientras que los representantes portuarios tenían al temido restaurador Juan Manuel de Rosas.

 

 

Escribe: Miguel Andreis

 

Caseros, un combate que cambió el poder en Argentina

 

Justo José de Urquiza con un grupo de oficiales, en su carpa militar, iba estableciendo el juego de tácticas y estrategias.  Ninguno brillaba precisamente en esos menesteres. Para eso estaba el Manco Paz. El más brillante estratega.   El general entrerriano, uno de los hombres más ricos de su provincia y también del país, se había quitado la chaqueta. A su lado, inseparable como siempre estaba el bayo de pelaje duro, perro de raza desconocida, extremadamente grande si se los comparaba con los canes de la época. Superaba largamente los 50 kilos.  Tan enorme como rápido para desenfundar  los colmillos. Absolutamente nadie podía acercarse a Urquiza. Solamente un chistido de éste lo frenaba de un ataque destructor de músculos. Innumerables la cantidad de piernas  y brazos destrozados que portaba sobre su nombre: Purvis. Así  lo llamaron. Se cuenta que este animal fue encontrado por un  oficialurquisista en el medio del campo. Herido y cubierto de bicheras. Ya curado no demoró demasiado en solicitárselo el caudillo entrerriano. Cachorrón todavía.  Dormía al pie de su cama y la mejor carne era para él.  Trote o galope dela yegua blanca del militar  le daba igual. No se le despegaba.  El estanciero- militar gustaba narrar  las peripecias del perro en los combates.  El mismo Domingo Faustino Sarmiento  pasó reiterados malos momentos con el cuadrúpedo. Al verlo de lejos ya sacaba su espada y le gritaba a Urquiza que le ordenara que se alejase… Urquiza reía. Así mismo Purvis logrótarisconearle una mano al secretario del maestro y  desgranarle una rodilla….

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Centralistas  y federales

 

Caseros llevaba el nombre de los dueños de una gran extensión de campos y estancias de la zona. Se sostiene que la batalla en el citado lugar, fue una de las más grandes dadas en las interminables guerras civiles de Argentina. La de mayor relieve  político.  Desde 1820 nuestro país vivió interminables conflictos armados. El Federalismo y el centralismo no ahorraban sangre. Buenos Aires, con el puerto y Juan Manuel de Rosas, como Gobernador  al frente, marcaban territorio. Donde podía abría brechas entre las provincias tierra adentro.  Justo J. De Urquiza, gobernador de Entre Ríos, carismático y de fuerte carácter, con recursos económicos propios como sostener un ejército, dirigía la Coalición Federal.

El general uruguayo Manuel Oribe, que dominaba a Montevideo había logrado importantes acuerdos don De Rosas. Un aliado importante. Ambos se necesitaban para librarse del bloqueo de Francia e Inglaterra. Además Oribe no permite que pase ni alimentos ni ningún otro artículo por Entre Ríos lo que afectaba seriamente a una porción importante de territorio mesopotámico.

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Purvis, el almirante inglés. Sarmiento y sus temores

 

Oribe sostiene  un combate de embergadura en Montevideo. Un almirante inglés, valiente con  gran número de almanaques en su haber, le promueve un significativo número de bajas que debilita ostensiblemente al uruguayo. El almirante, que recibiera después los augurios y acompañamiento de Urquiza, era de apellido Purvis. Así le dio de llamar a su amado perro. Sarmiento en uno de sus escritos sostenía que ese can no ladraba sino que tenía el gruñido de un tigre. Para nada le simpatizaba el bayo. Quizás que tampoco a Purvis le haya congeniadoDomingo Faustino. A punto tal que hizo una lista de mordidos por el indómito:“[Ángel] Elías, su secretario, el barón de Grati, cuatro veces, el comandante de uno de sus cuerpos, Teófilo [Urquiza] su hijo y cientos  más. El general Paz, al verme de regreso de Buenos Aires [acotamos que se reunieron en Río de Janeiro], su primera pregunta confidencial fue:- ¿No lo ha mordido el perro Purvis? – Porque no ha podido morderme, general, es que me ve usted aquí. Siempre tenía la punta de la espada entre él y yo”. En cierta oportunidad en que debía reunirse con Urquiza (antes de la batalla de Caseros), estaba tan obsesionado con el perro, que escribió en un papel: “El perro Purvis va a morderme hoy” y lo mostró a cuatro testigos, antes de guardarlo en el bolsillo de su abrigo. La premonición del sanjuanino no se cumplió.

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La danza de la muerte

Apenas desflecaba  el sol, el bufido de los animales, como olfateando la muerte, la adrenalina de los soldados y un calor que ya pintaba para estremecedor daba un panorama rojizo al cielo, como anticipándose al color que adquiría la tierra.  Juan Manuel no supo aprovechar la ventaja de tener el palomar de su lado. Urquiza sacó de su bolsillo de la chaqueta el reloj.  Justo las siete.  Levantó su sable y de ahí en más el galope sonó a estremecedor trueno. Del otro lado el ruido se mimetizaba. La muerte comenzó su danza donde  siempre encontraba a decenas de bailarines. Sarmiento estaba como cronista para un periódico de la capital

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implacable

Los soldados brasileños permanecieron estáticos por horas a la derecha del cuerpo de caballería de De Rosas. Había uruguayos en ambas filas.

Los gritos de dolos espantaban. Brazos que rodaban por el suelo. Chusas que mostraban su punta y final y en el medio un cuerpo.  Cientos de uniformes  desparramados. Sarmiento no podía entender como ese animal bayo, cimarrón, podía pelear de esa manera. “Distinguía los enemigos” escribirá después. Se prendía de los garrones de los caballos  de los soldados de de Rosas, y soldado que caía sentía sus colmillos hundirse en el cuello.  Urquiza cuando podía la observaba y azuzaba. Purvis representaba la fuerza de una docena de soldados. Implacable.

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El día de más calor que se recuerda

El campo exhibía un significativo  número de  fenecidos  o agonizantes. Cerca del mediodía, los caballos  rodaban y quedaban inmóviles. Morían deshidratados. La sed le quitaba el brillo de los ojos. A los  hombres también. Desfallecían sin fuerzas.  Agotados hasta lo impensado.  Las crónicas dirán que aquel  3 de febrero de 1852 fue el de mayor temperatura en años.  Faltando pocos minutos para las 14, los brasileños emprendieron la retirada.  Juan Manuel de Rosas con un profundo tajo en su mano derecha emprendió la retirada. Lo habían vencido las tropas de Urquiza. Purvis, cuentan, que saciaba su sed  en los charcos de sangre.  Se trató de la última  Gran Batalla de las tantas que tuvimos como país. Una visión patética contrastaban con el vuelo multitudinario  de palomas.  La deserción en las fuerzas centralistas se transformaron en numerosas. De Rosas puteaba en voz alta.  Pero nadie regresaba.

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El mismo Juan Manuel se pone al frente por horas. Nada cambió. Sus fuerzas estaban diezmadas y en retirada. La pérdida de sangre  mareaba a Restaurador. Galopó hacia el poniente con un grupo de seguidores. Llegado a Buenos Aires emprendió el exilio hacia Inglaterra. Dejaba 30 años de poder.

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El triunfo de Urquiza sobre De Rosas

 

El Enterriano Urquiza  se encaminó victorioso junto con tres oficiales hacia una lancha a remo que lo esperaba. Sus soldados regresarían a caballo. La vuelta era más grande. Cuando los remeros iban a movilizar la barcaza, Urquiza los frenó. Faltaba alguien. Un silbido siguió a otro hasta que a lo lejos vió moverse lentamente a Purvis. Se levantaba y caía. Un sablazo en plena cabeza lo cortó mal. El mismo Urquiza se bajó y salió corriendo en su búsqueda. Lo cargó en sus brazos y lo baño un largo rato en el río antes de subirlo.

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La vejez se lo llevó

 

Purvis murió  después de varios años de estar en el Palacio de San José  de Entre Ríos.  Lo tenían  casi como uno de los hijos preferidos del Estanciero. Nunca dejó de dormir al pie de la cama del caudillo. Vaya a saber qué hubiese ocurrido cuando los denostadores de Urquiza cayeron  al Palacio  buscándolo y dándole muerte al caudillo. Purvis ya no estaba…

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Su imagen en un cuadro

Juan Manuel Blanes, entrerriano él,  en sus pinturas lo introdujo en los campos de batalla. Sarmiento en sus crónicas  definió al animal como  “la batería que defiende la puerta principal de la línea de defensa”.

Poco conocemos de Purvis.  Vaya saber el porqué, en nuestra historia casi no hay lugar para los perros heroicos…

 

 

 

 

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