Por un 2018 sin recetas: A lo mejor, nos va mejor

Notas

La malograda tarea de vivir buscando soluciones mágicas y fórmulas infalibles

 

Vivimos buscando recetas, soluciones mágicas para todo, con la utopía de la felicidad sobre el lomo. Nos taladran la cabeza con fórmulas increíbles, técnicas infalibles y consejos de lo más descabellados. Tanto para curtir las heridas del alma, sanar el corazón, fortalecer los músculos o encender el espíritu. Estamos presos de ellas y el resto del mundo aprovecha la ocasión, al ritmo del veredicto que señala que existen recetas para todo y todos. ¿Existen?

 

Escribe: Germán Giacchero

 

Recetas, recetas y más recetas.

Para alargar la vida, para estirar el pene,para colagenar labios y restaurarvaginas. Para que no se nos caiga el pelo, para llegar a fin de mes, para que el matrimonio durehasta que la muerte nos separe.

Soluciones mágicas.

Para que el sueño del pibe se cumpla, para que la derecha se vaya al carajo, para que la izquierda deje de romper las pelotas, para no salir a robar cuando la guita no alcanza, para que no se fuguen tantos pibes de la escuela, para que el nene por fin se vaya de casa.

Fórmulas increíbles.

Para una vida sana, para salir de la depresión, para que Argentina salga campeón, para que cierren las cuentas y no haya que cerrar las persianas, para que no desaparezca Facebook, Twitter, Instagram, Tinder o la que venga.

 

Gurúes, falsos profetas, consultoras, libros de autoayuda, psicólogos, profesionales de toda calaña, cadenas de Whatsapp, agentes de juegos de azar, mercaderes de sueños, mayoristas de pastillas y drogas de las más fuleras. Eso sin contar familia, amigos, compañeros de trabajo, médicos de cabecera, curas, pastores trasnochados, enviados del más allá, cocineros gourmet, la propaganda oficial y de la contra, políticos de turno, las grandes corporaciones financieras, la tele, internet y un largo listado de mercenarios con recetarios en mano.

Todo el mundo te dice lo que tenés que hacer, porque no sabemos qué hacer. Se trata de un doble juego perverso que aplica las reglas del capitalismo más salvaje y elemental, y de su aliada más fiel, la publicidad: instala necesidades o las incentiva, crea productos de satisfacción nunca garantizada del todo,y juega al lobo feroz compasivo con la regla de oro de la oferta y la demanda. El mercado del alma insatisfecha obtiene ganancias siderales con las debilidades, miserias y carencias humanas.

Técnicas infalibles.

Para acabar con la inseguridad, para que el marote no se nos pase de la raya, para que haya menos pobres o se vean menos, para no morir de hambre, para que se pueda cagar mejor, para no morirse por amor.

Métodos seguros.

Para levantarse de buen humor, para que no le duela justo la cabeza, para terminar con las guerras, para que estalle la hecatombe, para que pare de llover, para que bajen los precios, para que “no me dejes nunca más”.

 

Nos resulta imposible vivir sin ellas. Está más que claro. Fanáticos cultores de la ley del menor esfuerzo, pedimos a gritos las recetas que nos remienden un poco la existencia, saboteada por tanto caos, abofeteada por tanto ego malherido, despechada por tanto desamor, aniquilada por tanta soledad.

Y hacemos un culto de la automedicación, más allá del estricto ámbito de la medicina. Lo nocivo de la auto-receta es que solemos librarnos de ella con la misma prisa que nos demandó la angustia por hacerla. Es el mal de estas épocas: vivimos en un mundo descartable, por lo que las indicaciones salvadoras que tomamos como verdades absolutas, terminan hechas polvo contra la realidad, cuando, envueltos en un revoltijo de desilusión y espanto, sentimos que ya no nos son útiles.

Y así nos convertimos, al mejor estilo de los afiebrados buscadores de oro de antaño, en eternos cazadores de recetas. A sabiendas de que resulte probable que no puedan torcer su destino de acabar en el cesto de la basura. Hasta que alguien,cualquiera de nosotros, con la condena de ser un cartonero de sueños, le restituya su lugar de objeto del deseo público.

 

Atajos.

Para que no se corte la luz, para que roben menos y hagan más, para que en la política, las cárceles y los “countries” no estén siempre los mismos, para que Dios atienda en todos lados…

Tips.

Para ser feliz, para bajar la panza y levantar los glúteos, para dejar el faso, para hacer plata sin laburar, para que la ruleta pague más, para que no aumente el dólar, para que no se desplome la bolsa, para no caer en la maldita tentación y librarnos del mal. Amén.

 

Desangelados e impotentes, cometemos el error más habitual y grosero: creer que las recetas son todoterreno y polifuncionales, que ofrecen resultados con todas las personas y en todos los sitios por igual.

Los efectos a la vista: como el traste. En menor escala, esta lección debería aplicarse a cada aspecto de nuestra supervivencia. Al decir del célebre psicólogo Carl Jung, “El zapato que va bien a una persona es estrecho para otra: no hay receta de la vida que vaya bien para todos”.

Vivimos en un mundo incierto sobre la base de fórmulas manoteadas al paso. Y nos azota tremenda paradoja: la de pensar que existen recetas para todo, incluso para ser feliz, cuando en verdad lo más probable resulte que no haya recetas para nada.

Cuando podamos decirlo en voz alta y reconocer esa ausencia, estaremos jodidos en serio. O tal vez mejor, listos para comenzar una nueva historia.

Por un 2018 sin recetas. A lo mejor, nos va mejor…

 

 

 

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