Hablando de parejas: ¿El casamiento  da seguridad…?

Notas digitales

 

 

En amor… las experiencias son intransferibles

 

 El arquitecto no levantó la vista cuando los otros se sentaron a su lado. No había tocado el café. Abrió la carpeta y sacó el plano. Hizo espacio para extenderlo sobre la mesa. Eran los trazos de su vivienda a punto de concluir. Daba la impresión que lo observaba sin ver. Llevó el pocillo hacia su boca y arrugó el rostro. El líquido negro estaba helado.

Por: Miguel Andreis

Uno de los recién arribados llamó a la moza para preguntarle si se podía fumar. La respuesta fue terminante: “Noo, si quiere puede sentarse en la parte cubierta de la vereda”. Puteó fuerte en busca de solidaridad. Los potenciales adeptos estaban precisamente en el sitio para las brasas a flor de labios. Pablo, médico de profesión siempre dispuesto a hacer gala de sus ocurrencias, ni se dio por enterado de lo que pasaba a su lado.

Estiró la mano para tomar unas maníes y preguntó: “¿cuándo uno se vuelve un monstruo para su mujer?”. Los acompañantes lo observaron y sonrieron; él insistió “es la sensación que tengo: ¡me he vuelto un monstruo para mi mujer”. La sonrisa se extendió entre los parroquianos. Tal vez, a cada quien le pasaba algo igual. Solo que a Pablo, por su natural sinceridad, nunca le costó describir sus sentimientos. Eran amigos desde la secundaria. Narváez preguntó el porqué.  La respuesta fue pedagógica. “Simple, ha inventado unos 3.500 sinónimos para aplicarme la palabra boludo. Y los practica indefectiblemente”. En esta ocasión no hablaba en broma.

Ella, y los cambios

Era su segundo matrimonio. Podría insertarse dentro de los tipos profesionalmente exitosos. No se le discutía su talento. Económicamente había dado un gran salto. Con sus cuarenta largos mantenía una buena presencia. Sin embargo, para su mujer, con la que convivieron unos cuatro años como pareja. La relación que llegaba a la sociedad era fenomenal. Hablaron la temática y hacía ya unos años contrajeron matrimonio con todas las de la ley. No debió pasar mucho tiempo que, según él, se transformó en algo así como un ser con tres cabezas. O un “Cuasimodo”…

“Éramos un frasco de miel… para ella no había humano sobre la tierra más seductor, gracioso, dulce, hermoso, simpático y más completo amante que yo. Al nacer Fermín (a punto de cumplir los 18 meses), fui notando los cambios. Le variaron los gustos. Los hábitos. Siempre supo de mi pasión por la pesca. Le encantaba prepararme el bolso. En la caja no me faltaba nada. Disfrutaba de mis viajes. Ya no solamente que no me prepara nada sino que una semana antes agudiza los sinónimos y busca todas las excusas para evitar mi viaje. Los asados de los viernes con los colegas ella los usaba para salir con sus amigas. Ahora no solo que no sale, sino que me echa en cara que es la excusa para que con los degenerados de mis amigos salgamos a levantar minas que salen a cazar casados; mis laburos de cirugía que antes eran productos de una mente brillante, pasaron a ser acciones de un idiota que opera porque no sabe hacer otra cosa… Mis incursiones por la cocina en platos que le encantaba debí dejarlos, eran repetidos o desabridos; hacíamos el amor en cualquier lado de la casa con la más lujuriosa pasión. Basta, ahora solamente debe ser en la cama y con el ‘apurate’ que se puede despertar el nene…”.

Cada uno encierra su propio monstruo

Abrió un paréntesis en la alocución: “Me miro al espejo y digo cuándo carajo me convertí en un monstruo, cuándo…”. Esperó que algunos de los contertulios le respondiesen. Posiblemente, en alguna medida, cada hombre encierra un monstruo. Apretó los labios.

Un paso imperceptible

Fernando, comerciante de cueros, intervino. Sus tres matrimonios le permitían cierta ventaja de apreciación: “Las minas son todas iguales. La diferencia radica en el tiempo en que te verán distinto. Nada más. Ojo, no busqués diferencias ni quieras convertirte en víctima. El casamiento es algo más complicado de lo que suponemos”.

El arquitecto que no rompía con su silencio estaba a punto de terminar con su añeja soltería. Escuchaba absorto; empedrado. Prefirió no emitir opinión.

El veterano comerciante de cueros remarcó: “Es una cuestión cultural y de sentido de la dominación… a la corta o a la larga, más o menos explícitamente, mientras convivís como pareja todo es perfecto, pero, cuidado hombre, ayyy  cuando ellas se sienten seguras… terminamos siendo los peores del aula”.

Donoso, profe de literatura, explicó: “La vida está llena de duendes y monstruos. A veces nos toca convivir con ambos a la vez… solo que no hay que dramatizar. De nada sirve. De ser un bello duende a transformarse en una deformidad hay un paso tan pequeño e imperceptible que difícilmente alguien pueda determinar tan trascendente momento. Ni ellas mismas lo podrían definir”, indicó añadiendo: “creo que la única defensa que nos queda es vivir siempre como amantes. No hay mejor estado. Jamás ninguno se siente seguro. Se valoriza el plano del otro u  otra”.

El arquitecto pensativo cerró el plano, lo metió en su maletín, dejó el dinero de su café y ya despidiéndose dijo: “Eyyyy, muchachos, esta semana les llevó la invitación para el casamiento… espero que no me falle ninguno…”.

 

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