LOS DIENTES DEL GENERAL BELGRANO

Notas, Notas digitales

 

Escribe: Dr. Juan María Olcese

El General Manuel Belgrano, después de haber contribuido al parto doloroso que dio como resultado el nacimiento de nuestra república,falleció el 20 de junio de 1820, año que también tuvo mucha importancia para la historia del país ya que se lo conoció como “de la anarquía” o mejor dicho “de la iniciación de la anarquía”. Belgrano murió en la indigencia. Un solo periódico, el dirigido por el Padre Castañeda, se ocupó de ellolamentando profundamentelo sucedido e hizo alusión al pobre funeral que se le había hecho.Pareciera que todo habría conspirado en contra del héroe ya que fue amortajado en un simple trapo negro cuando debiera haberlo sido en la bandera que él había creado.

 

Dos anécdotas demuestran la precaria situación económica de la familia de Belgrano a ese momento.

 

El enterramiento se produciría (como así sucedió) en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo, pues era conocida su devoción a la Virgen. Como no había dinero para elevar algún monumento recordatorio, así fuera pequeño, sus familiares sacaron una plancha de mármol que había en un mueble, donde se escribió que allí descansaban los restos del patriota. La otra anécdota es para recordar que, como tampoco había dineros para retribuir al buen médico que le había atendido, le dio como regalo su reloj de oro que le había sido donado por el Rey Jorge IIIº de Inglaterra. Tal era la pobreza de nuestro héroe.

Algo se mejoró años después cuando Don Cayetano Cazón, a cargo de la Jefatura de la Policía, decidió pagar él una lápida más acorde  con el hombre  al que recordaba, donde se grabó el siguiente epitafio:

Aquí yace el General Belgrano.

Murió el 20 de junio de 1820 a

los 50 años y 17 días de su vida”.

Pasó el tiempo y en 1902, durante la primera presidencia del ilustre general Julio Argentino Roca, por iniciativa surgida entre los jóvenes estudiantes del momento, se estableció construir un mausoleo acorde con la importancia histórica del difunto, y para financiarlo se organizó una suscripción pública que juntó 107.725,25 pesos. Se llamó a concurso en el que participaron escultores argentinos, franceses e italianos y la obra terminó siendo adjudicada al artista italiano EttoreXimenes.

Por cierto que lo primero era exhumar los restos ilustres para luego depositarlos en una urna que reposaría en el mausoleo a crearse. Una comisión, presidida por el Sr. Gabriel Souto acordó realizar esa tarea el 4 de setiembre de 1902 a las dos de la tarde. A la hora convenida  se reunió la entidad presidida por el nombrado Soutoe integrada por el ministro del interior Dr. Joaquín V. González, por el de Guerra General Pablo Riccheri, los doctores Marcial Quiroga, Carlos Malbrán y Carlos Vega Belgrano, nieto del homenajeado.

 

 

Al levantarse la loza que llevaba más de ochenta años de colocada, solamente se encontraron desechos ya que todo había sido consumido por el tiempo, hasta el cajón fúnebre que fue uno de pino ordinario.

 

¿¡Y los dientes!?

Esos pocos restos fueron colocados en una bandeja de plata que había llevado un religioso. El escribano del gobierno levantó un acta que fue firmada por los presentes.

Al día siguiente, el conocido y hoy desaparecido diario La Prensa, dio noticia detallada de lo sucedido dando cuenta que tanto el ministro del Interior (González) como el de Guerra (Riccheri) se habían guardado cada uno un diente de los hallados, y se reclamaba con énfasis la devolución de los mismos. Fray Modesto Becco, quien había recibido el conjunto de esas pocas piezas, aclaró al día siguiente que los dientes habían sido devueltos y que todos los restos estaban bien reservados en el convento. Las explicaciones que dieron quienes habían retenido las piezas dentarias, fueron pueriles: Riccheri dijo que lo hizo para llevárselo al General Mitre (autor de una completa biografía del prócer), y preguntarle acerca de la conveniencia de engarzarlo para después meterlo en la urna y González que había sido para mostrarlo a varios amigos.

 

Los años pasaron

La Argentina fue creciendo a pasos agigantados y en horas de bonanza se recordó a quien, con esfuerzos extenuantes, había colaborado al nacimiento de esta “nueva y gloriosa nación”, como dice el himno patrio. El monumento que hoy se exhibe en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo en Buenos Aires, fue así inaugurado el 20 de junio de 1903 (o sea 83 años después de su muerte), con toda la pompa que el caso  merecía.

Lo que quedó sin explicar fue la conducta de los dos ilustres funcionarios de la Nación de retener las dos piezas dentarias, conducta que resulta imposible justificar en ninguna forma. ¿Habrá sido por un impulso necrofílico? (necrofilia es la atracción por la muerte o por alguno de sus aspectos, según leemos en el Diccionario de la Real Academia Española).

Cosas como éstas son buena oportunidad para recordar que ante una situación semejante, cuando alguien dijo que se había cometido un delito, uno de los ministros  del emperador Bonaparte pronunció estas sabias palabras: “Es mucho peor que un delito; es una estupidez”. Y todos debemos tener cuidado en lo que decimos y en lo que hacemos pues, así como no se debe querer justificar un delito, resulta mucho más tonto el realizar acciones que no tienen explicaciónalguna. Es demostrar que se ha actuado sin pensar, cuando lo lógico es pensar y luego actuar. Pero lamentablemente nadie está exento de caer en torpezas semejantes.

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