Cuando los caballeros de gris secuestraron la finada…

Notas, Notas digitales

Crónicas urbanas de la villa

 

Escribe: Ana Gómez

Esta historia la escuché hace muchos años, y necesito transmitirla con plena conciencia que la memoria es traicionera y puede jugarme una mala pasada. Pero aun así, asumo el riesgo.

 Fue durante una tarde de invierno de 1964. La escuché de boca de unos parroquianos en la confitería  La Madrileña .Para ser preciso  de boca de Don Anselmo Piotti, después que “El Poroto” incursionara en el lugar voceando las noticias de los vespertinos y las macabras de la vieja revista “Así”.

El Poroto siempre me pareció un querubín ajado por el tiempo, vocero de las peores noticias del infierno. Bajaba de su bicicleta para acercar a los mortales ávidos,  noticias de hechos escabrosos  que quebraban la rutina diaria de una ciudad con resabios de pueblo donde casi nunca pasaba nada, o lo que pasaba, se ocultaba con los candados de nombres relevantes.

La Madrileña estaba concurrida.

El humo de los cigarrillos se elevaba  hacia el techo y dibujaba jeroglíficos  como si las conversaciones en voz baja de los concurrentes flotaran en los trazos caprichosos de las volutas azuladas .No obstante cuando algo se quiere escuchar, el oído, en condiciones saludables, tiene una audición selectiva que traspasa el volumen de los murmullos.

-Vamos Piotti, usted siempre se guarda algo bajo la manga para sorprendernos. Cuéntese algo – apuró Adolfo Álvarez mirándolo por encima del pocillo de café que estaba tomando.

El hombre carraspeó como posicionándose para tirar el secreto mejor guardado.

-Lo que voy a contar es una noticia fantástica y a usted – señaló al doctor Oscar  Magallanes – como abogado le va a hacer rebobinar todos los libros que leyó en su larga carrera.  Es una de las mejores si no la  más sorprendente que hayan escuchado.

-A ver sorpréndame Alberto –, Magallanes se acomodó sobre el respaldo de la silla y lo miró ladeando la cabeza como quien se sienta en la butaca de un cine para mirar la película que va a comenzar.

“Me la contó mi padre, que en paz descanse, quien a su vez la escuchó del suyo o sea de mi abuelo Antonio Piotti. Corría el invierno de 1883. Una noche, tres hombres ingresan al cementerio construido poco antes para asegurar la sepultura sin distinción de credos.  Imaginen ustedes ese camposanto con  musgo sobre las paredes húmedas   y los escasos árboles bamboleantes  al compás del viento.  El sepulturero, un tal Arguello, al que apodaban “El General” por las historias que contaba de su abuelo soldado que combatió junto al General Foteringham en la represión de las montoneras de la zona de Cuyo, vio como unas sombras portaban un ataúd y se perdían entre los matorrales espinosos.

A la mañana siguiente, me contó mi padre, que a su vez se lo contó mi abuelo Antonio; Francisco Aguirre recibió una nota en la que se le informaba que los restos de su finada madre estaban en poder de una Organización y que serían restituidos mediante el pago  de quinientos mil pesos moneda boliviana. Indicaciones y amenazas y al pie de la nota la firma: Los Caballeros de Gris”.

Los hombres  escuchaban demudados .Yo escuchaba a escasos metros, con la oreja izquierda apuntando como la de un perro hacia la mesa. Piotti siguió con su relato.

“Entre denunciar lo ocurrido o ceder a las pretensiones de Los Caballeros de Gris, Aguirre optó por recurrir a las autoridades. El hecho trascendió los discretos límites del pueblo y se hicieron cargo de la investigación los mismos efectivos que protagonizaron en 1875 la pesquisa de un caso aberrante, el de El Degolladito”.

Ambos asintieron reconociendo el hecho por dichos de antepasados..

“ Un tal Alcides Zeballos, ignorante de lo que sucedía,  fue el encargado de retirar el dinero e iniciar el corto y vulnerable pasamanos. Los secuestradores, cuyo jefe era un tal Evaristo Bossa que supo codearse con Abundio Allende, célebre embaucador, fueron capturados de inmediato. En la madriguera, ubicada a unas cinco leguas al norte de Villa María, se encontró un reglamento que regía los actos de una Organización original y secreta”.

Piotti ya tomaba su segundo café y con un argumento perfecto el doctor Magallanes aportó “lo interesante de esto es que  ninguna ley penaba el hecho cometido por esos caballeros a los que usted se refiere”.

Así es – dijo Piotti, y agregó “La defensa de los delincuentes encontró un antecedente perfecto para el caso perpetrado por estos pagos. Era el de “Los Caballeros de la Noche”,  una Organización aún mayor  que había secuestrado un cadáver del cementerio de La Recoleta. Los fundamentos textuales fueron “lo que se hizo fue simular un robo porque no fue necesario ejercer violencia sobre las cosas ni las personas. Si el cadáver llevare sobre si vestidos u objetos preciosos y se hubiere violentado el cadáver, el robo estaría manifiesto y los autores no podrán eludir la acción de la ley”.

¡Esta sí que no la esperábamos!- ¡Qué historia nos trajo hoy Piotti! -, casi alelados. Como yo, en la mesa vecina.

 

El nuevo Código Penal

¿Lo sorprendí Magallanes?

Sí, en verdad y  puedo agregar que años después en la sanción del nuevo Código Penal , se incluyó en el artículo 171 la pena de dos a seis años “al que sustrajere un cadáver para hacerse pagar su devolución”.

“Si bien los indicios demuestran que pudo existir conexión entre ambas Organizaciones, mi padre, o mi abuelo , no se aventuraron en tal aseveración” concluyó Piotti.

Lo que queda de aquel secuestro  son anécdotas más o menos enriquecidas  con el sedimento  de la transmisión verbal  y un hecho incalificable  hasta que la ley le puso nombre. El tiempo transcurrido pinta de sepia no solo las fotografías aunque el sentido del caso que conmovió al pueblo y trascendió sus límites,  puedo asegurar, se mantiene intacto.

 

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