Jesuitas: Una orden perseguida  por reyes y el  Vaticano

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Córdoba uno de los últimos sitios de resistencia

 

Fundada en 1540 por San Ignacio de Loyola y aprobada por el papa Pablo III, La Compañía de Jesús fue fundamental para la Contrarreforma Católica del Siglo XVI. Los votos de pobreza de sus misioneros y la ayuda incondicional a los más débiles, demostraron que la Iglesia no sólo era “el oro y el despotismo del Vaticano” que señalaba Lutero. En el siglo XVIII y temiendo una sublevación en tierras de ultramar, los reyes de España, Francia y Portugal presionaron al papa Clemente XIII para que suprimiera la orden. Pero en 1814, Pío VII la restauraría para siempre. Hoy, de la mano del Papa Francisco, los jesuitas vuelven a tener un protagonismo esencial en la historia

 

Por: Iván Wielikosielek

No gozaba de buena prensa la Iglesia a mediados del siglo XVI. Además de la quema de herejes en tiempos de la Inquisición y de las matanzas perpetradas contra quienes profesaban la fe cristiana sin su visto bueno, la ostentación que ésta hacía de sus riquezas en contraposición a la humildad predicada por Cristo era verdaderamente obscena. Si a esto se le sumaba la venta de “indulgencias” para el perdón de los pecados, su credibilidad en tanto representante de Dios en la Tierra era poco menos que inadmisible. De todos estos escandalosos abusos de autoridad se hizo eco el monje alemán Martín Lutero; quien en 1517 propuso 95 tesis anti eclesiásticas y las clavó en la puerta del castillo-iglesia de Witenberg. Lutero desconoció la autoridad papal y tradujo la Biblia del latín antiguo al alemán popular para que las Escrituras estuvieran al alcance de todos, sin intermediarios del Vaticano. Las bases de la Reforma estaban sembradas.

 

La Contrarreforma y las misiones

 

Pero la Iglesia acusó recibo de la reacción alemana y en respuesta a las acusaciones de Lutero organizó el Concilio de Trento. Allí se reunieron, entre 1545 y 1563, obispos y autoridades generales con el objetivo de trazar reformas en el catolicismo y evitar el avance del protestantismo. Y uno de los mejores argumentos que tuvo la Iglesia para demostrarse a sí misma que su esencia no era el materialismo de la cual se la acusaba, fue poner sobre el tapete una orden recientemente creada: La Compañía de Jesús. Y es que, efectivamente, bajo estrictos votos de obediencia, pobreza y castidad, los jesuitas eran una bocanada de aire fresco para el tufillo que exhalaba la Santa Sede. Los jesuitas ya empezaban a expandir sus misiones por todo el mundo y no dejarían de hacerlo en mucho tiempo: China y Japón (los jesuitas fueron los primeros cristianos en llegar a esos países), Canadá y las cuencas del Missisipi, México, Perú y Sudamérica. En esta última región, la Provincia Jesuítica del Paraguay tuvo 30 reducciones repartidas entre Argentina, Brasil y Paraguay y su capital en la ciudad de Córdoba.

 

El legado jesuita en Argentina

En las 15 reducciones argentinas de Corrientes y Misiones como así también en las 8 paraguayas y en las 7 brasileras, los jesuitas incentivaron a los aborígenes guaraníes a la agricultura, haciendo que cada grupo fuera autosuficiente en cuanto a la producción de sus alimentos. También enseñaron a leer y a escribir a sus integrantes junto con el aprendizaje de la lengua latina y española. Los jesuitas fueron la primer orden de América en concederles derechos civiles a los originarios. “Para los jesuitas, un guaraní era ante la ley, igual que un gallego, un catalán o un francés”, comentó el padre Osvaldo Pol, jesuita cordobés, en un documental reciente. Lo cierto es que el alto nivel organizativo que estaban adquiriendo los jesuitas ensamblados a los pueblos originarios, generó graves sospechas en los gobiernos reales de España, Francia y Portugal; que empezaron a temer un motín en tierras americanas. Así, los monarcas de dichos reinos presionaron al papa Clemente XIII para expulsar la orden de América. De esta manera y tras el despido oficial, los jesuitas españoles abandonaron las posesiones de Sudamérica en 1767 y seis años después, la orden fue suprimida. Sería el papa Pío VII el encargado de restaurarla medio siglo después.

 

La resistencia en Córdoba

En Córdoba, desde su llegada en 1599, los jesuitas crearon el Colegio Máximo en 1610, la Universidad en 1622, el Colegio Montserrat y el Noviciado en 1867; todos emplazados en la “Manzana Jesuítica” de esa ciudad. También las seis estancias provinciales que aún se pueden visitar: Colonia Caroya, Jesús María, Santa Catalina, Alta Gracia, La Candelaria y San Ignacio.

En el momento de abandonar América, los jesuitas dejaban mucho más que una fabulosa organización agrícola en el norte demostrando que europeos y americanos podían convivir en paz; dejaban universidades, templos, estancias y una simiente humana en los novicios hecha mandamiento: volver a un cristianismo primitivo de pobreza y ayuda absoluta a los olvidados en el reparto de bienes del mundo. Y así como la orden fue la salvaguarda de la Iglesia en decadencia del siglo XVI; medio milenio después lo vuelve a ser. Y es que, tras las graves acusaciones de abuso y corrupción que recayeron en los últimos tiempos sobre sacerdotes del mundo entero, la cristiandad ha puesto sus esperanzas en el nuevo papa, el primer representante de la Compañía de Jesús en ocupar el sillón del Apóstol Pedro. Y en una suerte de devolución intercontinental, el nuevo Sumo Pontífice viene de la provincia jesuítica más austral del mundo, aquella de la cual sus predecesores fueron expulsados. Francisco es la prueba viviente de que aquella semilla plantada en las misiones del siglo XVI, ha vuelto a reverdecer.

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