El extraño mensaje de las “curucuchas”

Notas

 

(A Carlitos, un gran amigo).

Se mueven con una velocidad increíble. Saltan continuamente y su vuelo guarda ciertas particularidades. Tienen similitud al de los colibrí o picaflor. Posiblemente por el formato de su cabeza, por su pequeñez… no lo sabía. Pero costaba mucho matar una curucucha. ¿Curucucha o cucurucha? Era lo mismo. Jamás le apuntó ni con la “gomera” ni con el rifle. Por aburrido que estuviese. Ni cuando le regalaron el Mahely 4 ½ de aire comprimido.

Alguna vez contó que su viejo le dijo que eran los “pájaros de la vida”. Nunca se lo tomó en serio, pero no les tiró…

 

Escribe:

Miguel Andreis

Lo derivaron al Sanatorio Allende, el diagnóstico del cardiólogo en Villa María no fue muy alentador. Tenía las arterias del corazón tapadas. El pucho, los asados… dos o tres etiquetas por día y toda la grasa que se pusiera a la parrilla. Carlitos no fue un tipo muy cuidadoso de su cuerpo. Todo lo contrario. La operación encerraba complicaciones añadidas. No se lo podía anestesiar. En todo caso no pasaría por una anestesia convencional. Los profesionales se lo explicaron. Y también lo que harían paso por paso. Se trataba de una cirugía compleja y el dolor físico no estaría ausente. Que lo fuera sabiendo. Carlitos no perdió el humor ni la actitud.

 

Por los años setenta no eran muchas las casas que había cerca del hipódromo. Si los pequeños montecitos de churquies. Allí se podía encontrar cientos de curucuchas. Casi siempre andan en yuntas. El pibe apuntaba cuidadosamente con el rifle cuando la punta de la zapatilla de Carlitos calzó justo entre la línea que le divide los cachetes. “La próxima vez que te vea tirándole a las curucuchas te pierdo el rifle en el cu…” le grito Cariltos. Entre sollozos y rengueando el cazador y sus amigos salieron al trotecito. Era la segunda vez que los descubría. El mayor, de unos 12 años, se dio vuelta y apenas atinó a gritarle: “ eiii viejo put… te pagan para cuidar a esos bichitos de mierda”.

Los pajaritos siguieron en el mismo churquie. Ni se movieron cuando se les acercó. Su viejo había fallecido hacía años y sin embargo…

 

Nueve hora duro la intervención; él semidormido, y medio sanatorio entrando y saliendo a la sala. Habían empleado un método nuevo. Más tarde explicaría que era tanto el dolor que casi no le dolía.

La sala de terapia intensiva lo atormentaba. Y hasta se imagino que “el “flaco” (por Jesucristo) las debe tener como salas de juego: tomo uno, tomo dos, tomo todo… todos ponen”. Era la tercera vez que pasaba por una terapia intensiva. Tenía los dos brazos extendidos y unas especies de bolsas con arena a la altura de los codos. Le explicaron que era para las arterias.

 

Pocos días antes de que le ocurriera todo lo que le ocurrió. Esa opresión en el pecho, y el dolor en el brazo y… en el patio, en un viejo limonero que supo plantar su padre, curiosamente dos curucuchas había hecho un nido.  Cuando se trepó para espiar se encontró con tres pequeñitos que apenas les estaban saliendo las plumas. Y se acordó de los chicos con gomeras y el rifle de aire comprimido. Los vecinos sabían de sus reacciones. Allí estarían seguras.

 

Una anciana, separada por una cortina, intentaba balbucear algo. Las terapias intensivas desnudan más allá del cuerpo, las intimidades. Cerca de las 10 de la mañana unas gotas de sol se colaban por la oficina de la jefa de enfermeras. Iba mirando como se corrían. Se corrían hasta dejar su estela de claridad. Por momentos pensaba que la mutual solo le cubriría una parte ¿Y el resto? Le preguntó a la Gringa, su señora, y ella, como siempre respondió “que ya lo solucionaríamos… por ahora olvidate de la plata”. Pero solo y en silencio los olvidos no son cuestiones de voluntarismo. ¿¡ Y si el Flaco hace girar la perinola y dice tomo uno y me lleva a mí!? Se le ocurrió como para no perder el humor.

 

 

Despertó temprano.

 

Ahora los dolores estaban bien identificados, cada uno en su lugar. Eran dolores en serio. “No todos juntos que al final uno no disfruta ninguno” solía decirle a las enfermeras buscándole las sonrisas.

Aquella mañana miraba hacia la ventana, esa por donde los chispazos de sol se espantaban enseguida. Por allí ingresó la curucucha. Se instaló en un equilibrio mágico sobre una de las muchas mangueras de suero. Allí se quedó un rato. Dio un salto y le caminó por los dedos del pie destapado. Aleteó y salió volando. No era mañana de frío, pero Carlitos sintió frío. ¿¡ A quién le iba a hacer creer que un pájaro ingresó a la sala de terapias intensivas del Allende!?  ¿¡A quién!? A la hora de las visitas ingresaron Tita, su hermana y la Gringa. Casi no le importó que pensaran que algo en su cabeza no estaba bien. se los contó. Tita, quinielera vieja, salió del sanatorio y se llegó hasta una agencia. Preguntó el número del pájaro: 35, y le agregó que eran tres lo que sabían el secreto. Y le jugó al 335. Cuando a la noche escuchó las tres cifras no lo podía creer. Era una buena suma. A la mañana siguiente volvieron a ingresar a terapia. Carlitos ni les dejó tiempo para que le explicaran lo de la quiniela. Con los ojos extrañados volvió a repetirle que esa mañana, apenas minutos antes, nuevamente una curuchucha le camino en los pies, en las manos. Tita eufórica, le contó que el 335 había salido a la cabeza. Carlitos sonrió y se acordó del “flaco” y la perinola. Tita volvió a la agencia y duplicó la apuesta al 335. A la tarde supo que en una situación que casi no registraba antecedentes el Banco Social de Córdoba debía paga en dos jornadas seguidas el mismo número: el 335

No hizo falta firmar ningún documento, lo que no cubrió la mutual se pagó de contado. Carlitos sigue desandando la villa, suele fumarse un pucho a escondidas, tomarse un buen vinito, algún asadito en familia, y nunca, nunca pierde su humor, excepto claro, cuando ve alguien apuntándole a una curucucha…

One thought on “El extraño mensaje de las “curucuchas”

  • Hola buenas tarde hoy a las18:30hr entro un pajarito llamado curucucha en mi casa me gustaria saber q significa me llamo mucho la atencion nunca me paso

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