Desmemorias futboleras de un país desequilibrado

Notas

Mundial, religión y política: Del infierno al “milagro” y “épica” del triunfo

Más allá de lo que pase este sábado en el partido contra Francia por los octavos de final (¡Vamos Argentina!), el derrotero de la selección en la primera fase del Mundial dejó al desnudo nuestra tendencia social a coquetear conel abismo, el maniqueísmo extremo, la falta de autocrítica, el elevado nivel de patetismo en sangre y una necesidad imperiosa de una urgente catarsis colectiva.

 

Escribe: Germán Giacchero

 

Pasamos del barro al oro sin mancharnos un poquito las manos.

Y sin que se nos pongan rojos los cachetes por vergüenza, Ni siquiera ajena.

De la depresión postpartidos, a la felicidad total, pero efímera, como si nada.

No hubo escalas entre los insultos a granel disparados por la corporación periodística deportiva y millones de compatriotas y el “épico triunfo” o el “milagro” ante Nigeria, que en la prensa llevó el póster central segundos después del pitazo final.

Eso sí, como casi siempre, no hay examen de conciencia, ni arrepentimiento, ni autocrítica.

Mordimos el polvo durante varios días hasta que nos pusieron de pie a patadas de gol. Agónicos, pero goles al fin.

Ardimos, nos abrasamos en el infierno hasta último momento y cuando parecía perdida la batalla, besamos el cielo y nos abrazamos. La pregunta es: ¿cuánto durará ese abrazo? La vida real aprieta.

Hubo muerte y resurrección instantánea de este equipo de jugadores de la selección nacional, cuando la mayoría apuraba la extremaunción. Y prometía un funeral sin honras ni memorias.

Con la mochila cargada con la nostalgia de la “Mano de Dios” del Maradona del 86, pasamos a pedir que Dios nos dé una mano. Y, de paso, que le extienda otraa la triste postal pública en que se ha convertido nuestra máxima divinidad futbolera. Una dolorosa versión de nuestro ídolo de barro con pies de oro, bolsillos tapizados con billetes y neuronas de plomo.

Y, al final, sobrevino el milagro, con perdón de todos los santos. Dios le dio la mano que tanto pedíamos a Messi& Cía. No el Cristo pagano que ocupaba extraviado un palco vip del estadio con su coreografía patentada, ocupado en otros asuntos, rodeado por el lastimoso coro de adoradores de su entorno. Fue el Dios que no tiene patria, pero el que todos dicen que es argentino y algunos fanfarronean con que atiende en Buenos Aires.

Y “Leo”, alabado y bendecido con la misma efervescencia con que es denigrado y fusilado por una sociedad exitista y aturdida; el “Messías”, casi una deidad criolla de no ser por la eterna rivalidad con quien está sentado en el trono de las preferencias, se portó de acuerdo con la liturgia dominguera. “Sabía que Dios no nos iba a dejar afuera”, deslizó para acordarse luego de los que se pasaron “hablando boludeces”

Pero, en el fondo, sabe que no fue así. Tampoco la mano de Dios. Sino, él mismo y el resto de los trajeados con tres tiras negras sobre los hombros de celeste y blanco.

 

De épicas y milagros

 

Estábamos casi muertos, sepultados vivos por la prensa y los pesimistas de siempre (que éramos casi todos). Pero, al ritmo frenético de un gol al borde del infarto y un final desesperado, un partido de fútbol se transformó en las tapas, pantallas y micrófonos en una “gesta épica”, en un “milagro”, en un acto de “valentía”, en un espasmo de “rebeldía”, en un día histórico y en no sé cuántos giros literarios y eufemismos utilizados a diestra y siniestra por los hipócritas manipuladores de teclados, y bocones profesionales y no tanto.

El problema es que con las ansias de incinerar nuestras frustraciones personales y colectivas depositamos todas nuestras esperanzas e ilusiones en solo 11 argentinos. Contradictorios hasta la médula,les exigimos mucho más de lo que cualquiera de nosotros estaría dispuesto a hacer y dar desde el lugar que ocupamos.

Es una pena que hablemos solo de la épica de estos muchachos y no de las epopeyas que desarrollan a diario millones de argentinos.

Épica es la de los pibes que caminan kilómetros con los pies helados para llegar a la escuela.

Épica es la de los papás y mamás que hacen malabares para llegar a fin de mes, sabiendo de antemano que eso es más que un capricho del calendario. En todo caso, sería un milagro.

Épica es la de los trabajadores que no se rinden a pesar de los flacos salarios o los avatares cotidianos.

Épica es la de los dirigentes honestos, que los hay, y trabajan por un país mejor.

Épica es la de los jóvenes que luchan contra los prejuicios, los estereotipos, las tentaciones y los cachetazos que les propina este mundo desquiciado.

Pero, claro, estas gestas épicas, como tantas otras, no ocupan las portadas de los diarios.

Y en este coqueteo permanente con el abismo y el reduccionismo barato de todo es negro o todo es blanco; portadores crónicos de una indiferencia congénita; seres contrariados, fanatizados y desmemoriados, nos preocupa más un aluvión de goles a la selección que la suerte de millones de compatriotas que en materia de educación, trabajo, salud, economía y derechos, vienen perdiendo por goleada desde hace rato.

 

  1. D.: Así y todo, ¡Vamos Argentina, carajo!

Deja un comentario


*