Celular y los niños ¡¡Serio peligro para la salud!!

Notas

Producto de una investigación, se pudo determinar que casi todos los adolescentes duermen con el teléfono cerquita de la almohada. Además se plantean dilemas como aceptar a extraños y no a los padres. Enterate en esta nota.

Escribe: Dante Soriano

Que los chicos tienen muy presentes a sus teléfonos móviles no es una novedad. Allí se aglomeran varias aplicaciones que los “conectan” socialmente con los pares o compañeros (inclusive ayuda a conocer por medio de un mensaje directo (MD) a amores que parecían inalcanzables en el cara a cara). Es decir, es un gran desinhibidor  que elimina los contactos a la vieja usanza. Ahora, en medio de todo esto, surge la utilización del electrodoméstico como un arma de doble filo.

La cama, los padres, las redes

La cuestión que preocupa a más de uno es la utilización de los adolescentes y cuán condicionados están respecto a su uso de dicho artefacto que ha revolucionado, sin dudas, la forma en la que vivimos. Por ejemplo, hace un tiempo atrás, tras consultas en diferentes escuelas públicas de la ciudad, muchos jóvenes afirmaron que “duermen” con el teléfono “al lado de la almohada (txt)”; podemos hablar de un índice de 9 sobre 10.

En tanto, otros confirman que no les convence la idea de tener a sus padres en la red social Facebook o Instagram (aplicaciones que están en boga por estos momentos). En dichas redes, no todos ven admisible tener a sus padres mirando las fotos o cosas que comparten ¿Por qué? Es que en muchas ocasiones los “viejos” comentan los “estados” o las fotografías que han sido subidas y dejan expuestos a los adolescentes a una vergüenza evidente ante su grupo de pares. Otros, en cambio, no lo ven como una molestia y tienen contacto directo con sus progenitores.

El almuerzo

La mesa familiar también ha mutado, definitivamente. Ahora existe un dilema. En el almuerzo, algunos padres han prohibido la utilización del teléfono; en tanto, otros padres no pueden evitarlo y se resignan a que sus hijos sostengan el tenedor con una mano y que con otra chequeen las diversas notificaciones que le van llegando. “Llego a usar el teléfono en la mesa y me cortan la mano” dice una muchacha de unos 16 años entre risas. Las reglas en casa son muy distintas a cuando están entre amigos. Allí, con sus camaradas, los jóvenes ni se preocupan por si están en compañía o no.

La privacidad

¿Somos responsables con la utilización? ¿Somos conscientes de lo que subimos y compartimos? A veces no.

“Acá, viendo al más grande con la familia” compartió un muchacho mientras miraba el pasado partido de Boca – Gimnasia en el estadio Mario Alberto Kempes. La publicación puede parecer una muestra de alegría pero hay un caso a tener en cuenta: alguna mente oscura o un ocasional ladrón, sabiendo que el hogar ha quedado vacío, puede aprovecharse de ello para asaltar o para “pasarle el dato” a un ocasional sujeto que se encuentre motivado a un ilícito de hurto.

No son los únicos

Asimismo, los adolescentes no pueden ser únicamente los apuntados a la hora de hablar de esta problemática. Los tutores, los mismos que los llevan al colegio con el auto; a veces son los mismos que manejan y están con el teléfono en su oído. Otros utilizan el whatsapp y envían audios mientras van con una marcha lenta por la avenida. ¿Cómo modificamos éste cambio de conducta? La realidad es una sola. Grandes y chicos se ven atravesados, más aún, los jóvenes, al ser nativos digitales vienen a ser los primeros apuntados en este eslabón que no es más que una cadena interminable en el tejido social.

“Mario tiene 44 años, dos hijos, terminó la escuela primaria y trabaja en una verdulería en Monte Grande, en el sur del conurbano bonaerense. Cuenta que “recién había una chica comprando y la mamá le preguntaba ¿compro un kilo o dos kilos? Y la chica así [hace el gesto de mirar el celular] ¿Un kilo o dos kilos? Tres veces le preguntó y… la piba no le dio bola y compró lo que le pareció a ella. Y bueno ¡mandale un WhatsApp -le digo- te va a contestar! ‘¡Sí! más de una vez se lo hicimos’, me dijo, ‘en la casa misma ¿viste?’”. Mario agrega que algo similar sucede en su propio hogar, donde hace poco le dijo a uno de sus hijos adolescentes, “‘¿Nacho te fijás?’… Y no me da bola. Está tirado en la cama y entonces le mando ‘Nacho’’ y le pregunto ‘¿no viste un par de medias mías?’ Y ahí sale [de su cuarto], se viene y se ríe, viste. Y le digo ‘no te rías porque te tengo que mandar un WhatsApp para que me contestes’, porque si no ni bola me da. Hace de cuenta que ahí no hay nadie, no le da bola a nadie”.(Pablo BoczkowskiEugenia Mitchelstein en Revista Anfibia)

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