Cartas de un domingo por la tarde…

Notas

Escribe: Miguel Andreis

 

Muy de vez en cuando, los fines de semana suelo aprovechar para acomodar viejos escritos. En un rincón de un poco usado altillo se encontraba una caja que había intentado no tocarla más desde los primeros años del noventa. Su contenido me había conmocionado de tal manera que se me había borrado casi totalmente. Allí se encontraban papeles narrados de puño y letra de quienes ya no están… (Copete)

 

Fue en el ´90. Estaba llevando adelante un trabajo de investigación sobre los suicidios en Villa María. En realidad, quienes reportaban una minuciosa investigación fueron dos profesionales médicos de la ciudad, que generosamente nos facilitaron sus conclusiones. Ese seguimiento fue expuesto en universidades nacionales e internacionales. Los galenos que se insertaron en tan compleja definición fueron los doctores Mercadal y Canavoso. Entiendo que ambos con responsabilidades en la Justicia y la Policía.

Levanté la tapa de cartón y allí, acomodadas, algo amarillentas y con el típico olor que le imprime la humedad al papel, estaban las últimas frases de distintas personas que habían decidido quitarse la vida. Alguien, no recuerdo si de Tribunales o de Investigaciones me pasó las fotocopias de esos escritos originales dejados por los occisos. Conmovedoras, penetrantes, miserables y espantosamente humanas.

Allí aguardaba la de un joven que una noche de Festival de Peñas, en un banco enclavado en la Costanera sobre la Avenida Elpidio González y Bruno Ceballos, escribió con una letra que desgarraba el papel: “veo pasar a miles de mierdas con formas de personas a mi lado. Nadie se detiene a preguntarme qué me pasa. Parezco no existir. En realidad, no debo existir…”. Y describía sus pavorosos dramas familiares. Por primera vez tenía en mis manos a alguien que hablaba de sus pesadillas con las drogas. Quería escaparle. Al día siguiente el recorte policial indicaba que “se disparó con una revolver calibre 22 en la sien.  A su lado se hallaba su bicicleta y una nota…”. En la tapa del matutino referenciaban de la enorme convocatoria del Festival; de lo que dejaron algunos artistas…  En la contratapa, se reflejaba la autoeliminación de un joven de 18 años. Pensé que entre esas “miles de mierdas con formas de personas” que pasaron a su lado podría haber estado yo. Seguramente estuve.

 

Irracionalmente comprensible

 

Seguí repasando las misivas y casi al final se encontraba otro documento que en su momento me pareció patético. Sonaba a increíble. Hoy, a casi dos décadas de aquella situación la encuentro hasta paradójica e irracionalmente comprensible.

En las cercanías del viejo puente Isidro Fernández Núñez, más conocido por el “Puente negro”, un hombre de 67 años, jubilado, que además vendía plantines a domicilio, apeló al viejo método de la soga. Tomada del cinto, sobre su vientre, estaba la carta. En la misma describía el tremendo dolor por el que estaba atravesando su esposa y él. Y que hacia esto como una manera de escaparle al “infierno” de su existencia. Su nuera, con la complacencia de su hijo, hacía ocho meses que nos les permitían ver sus nietos. En la misma contaba que ese matrimonio vivió en su casa durante cinco años y que allí habían nacido dos de sus tres “seres más queridos. “Jamás pensamos que se podía querer de esta manera a un nieto”. Su hijo –siempre según lo descrito no hizo nada para ayudar a que sus hijos continuaran viendo a sus padres. A sus abuelos. Por el contrario.

 

 

Pensé que aquello de que siempre es más fácil ser hijo que ser padre debe ser uno de los axiomas más aplicados en todos los idiomas. Tampoco sé cuándo se comenzó a perder el sentido de valorización de los padres. No sólo el respeto y el reconocimiento por el esfuerzo que se hace para criar un hijo. A varios. Es posible que se trate de una cuestión generacional y que solo comprendemos su concreta dimensión cuando nos pasa. Cuando nos involucra. Cuando nos hiere. Cuando nos arrincona la impotencia, y la vida nos cambia los roles…

 

Aquel hombre me había conmocionado en su momento. Este fin de semana, aún más.

 

El archivo de almanaques que llevamos adentro nos enseña a leer de una manera especial la desesperación del otro. En ocasiones es una lectura tardía y casi inútil.

Sin darme cuenta un extraño calor me invadió el cuerpo. No guardaba sentido alguno el continuar teniendo ese material.

Por un lado, ese joven que veía pasar al mundo y no se sentía parte del mismo. Eso lo hizo hundir el dedo en la parte medular del arma; por el otro, aquel hombre mayor que no podía dar y recibir amor de algo que les pertenecía: los nietos. El tomar conciencia que ya en la etapa final de la existencia se les negaba el afecto de lo más importante que había encontrado en su vida. Era un acto de ruin miserabilidad. Creyó vengarse asomando su lengua morada y larga….

No hizo falta nada más que un fósforo para que en pocos segundos aquellas memorias se convirtieran en cenizas y se las llevara el viento. Como a sus autores.

Es que nada es tan eficaz en la memoria como el olvido. Sin saber por qué les pedí disculpas.

 

 

Encendí la televisión y los resultados del fútbol no tenían demasiado sentido ni tampoco me detuve en la noticia sobre que el presidente tendría una leve depresión. ….

Ni el joven ni el viejo ni todos aquellos que se fueron apurados, se enterarán que el mundo sigue girando y que la miseria humana va variando su rostro. Continuarán existiendo los que creen estar rodeados de mierda pero que la vida es algo más que eso; y llorarán arrinconados a los que les roban los afectos más viscerales. Y que quieren seguir viéndolos a pesar de tremenda adversidad… En esos escritos habitaban diablos paranoicos. Seres que alguna vez creyeron en la vida… ¡¡Mierda, tanta lucha para qué!! Me dije.

Siempre sentí un particular rechazo por los domingos a la tarde.

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