El último velatorio de un angelito

Nota de Tapa

ue a mediado de los años del sesenta. Aquella villa sabía poco de pavimentos.  Los vecinos del barrio, por entonces Bonoris, eran esa gente con los que se compartían mates en las veredas en las calurosas noches de verano. Por entonces pedir prestado una taza de aceite, de azúcar o yerba se transformaba en una cuestión cotidiana por la que nadie se ruborizaba.

El extinto Rodolfo Dellavedova, uno de los propietarios de Paviotti SA, nos corroboró muchos años después que aquel de la calle Colombia fue el último velatorio de un angelito.

Escribe: Miguel Andreis

Murrunga (nunca su nombre ni apellido) y Felisa se habían casado por 1960. Ella, una mujer humilde, delgada de pecas abundantes. Él se ganaba la vida como maletero en una de las paradas de colectivos interprovinciales. Ubicada en la Avda.  Yrigoyen.  La suma de monedas que recibía de propina era la fuente de ingreso que ese día le permitiría llenar sus platos.

Murrunga (bajo y algo mofletudo, si mal no recuerdo vivía en soltería por la calle Santa Fe antes de llegar al Bulevar Italia. Casi al sesgo de lo que era elprimitivo Hogar de Ancianos. Temprano a la mañana partía en su famélica bicicleta para el “tartesal” (boxes donde se cuida los caballos) en el hipódromo. Allí vareaba algún pingo que montaría el domingo. Su extra desde la niñez. También fue conductor de un coche de plaza o mateo. Jockey de profesión, que si tenía los astros alineados a sufavor y la línea de llegada le pertenecía, amontonaba algo de sencillo en sus bolsillos. Claro que ganar no era fácil cuando te tiraban los tungos más lerdos.  La lucha con los kilos no tenía fin para él. El vino “fija las grasas” afirmaba.

Ya de casados vivían en la calle Colombia entre La Rioja y Salta. Morada donde habitaban sus suegros, doña Inés y Don Juan, los Peralta, familia de laburantes, escasos de recursos ymuy buena gente.

Al poco tiempo se la veía a Felisa caminando orgullosa las calles del barrio mientras su vientre iba empujando hacia adelante. Sorpresa en la vecindad cuando se conoció la noticia, fueron dos los bebés.  Nena y varón.

Ropita y otros regalos no les faltaron. La felicidad inundaba la familia.  Casa con horno de barro como hacer el pan criollo y ganarse unos pesitos.

Mitos y leyendas

Según el Diccionario sobre Mitos y Leyendas, explica que el velatorio dura uno o varios días, la tradición criolla afirma que cuando muere una criatura de poca edad, necesariamente tiene que ir al cielo por lo que a la manera de velorio y despedida demuestran alegría por su certeza de su ascensión al cielo. Es un acto mixto de rezo y baile; también forma parte de esa tradición que el ataúd sea blanco demostrando la pureza de lo que contiene. Se dice que es una costumbre proveniente de arabia. En algunos lugares fue prohibido dicha usanza. Forma parte de la tradición oral. Al amanecer se recitan unos versos para “Hacer volar al angelito”, guitarras y canciones. Los padres no deben volar porque pueden mojar las “Alitas del Angelito”, y eso no le permitiría al niño llegar al cielo.

 En la fiesta-Velorio en vez de expresar condolencias se acercan y hacen un nudo en alguna soguita pidiendo tres deseos que, supuestamente “El Angelito” llevará al cielo y abogará porlos pedidos. En este caso una soguita finita de casi un metro fue atada a una silla de paja donde sentaron al angelito, todo vestido de blanco y cuidadosamente peinado…

Una imagen que no se borra

Los niños crecían bien saludables hasta que pasando el año y medio comenzaronalgunos problemas en la salud de ambos. Por meses tratamientos y esfuerzos de los profesionales del Pasteur. Duro desafío que se prolongó un tiempo. Los que podían ayudaban.  La crónica conmocionó a la vecindad. Falleció el varoncito. La nena había salido del mal trance.

En horas supimos sobre cómo sería el velatorio. Silla de paja bajita, seis enormes porta velas, flores en jarrones; una mesa en el medio de la pieza. Pantalón cortito, camisa blanca, medias blancas. La tez llamativamente blanca. Bancos y sillas para los visitantes. Ignoro cómo se solventó toda la cobertura de la empresa fúnebre.  En un rincón el cajoncito blanco con una cruz amarillo oscura.

Los chicos de la barra entramos y nos conmocionó el escenario. Lo veíamos siempre en la puerta. “Es un angelito nos dijo su abuela Inés…”.  Allí nos quedamos deambulando y encontrándonos con una realidad absolutamente tan desconocida para nosotros.

No había llantos. De la silla colgaba una soga finita. Nos pareció llamativo que cada quien que llegaba le hacía un nudo a la misma y tocaba las manos del niño, murmurando algo así como una plegaria. En la noche casi que nos chocó el rasguido de una guitarra, pero mucho más la voz de un gaucho que arribó conduciendo su mateo. Tenía la voz áspera. Se le sumaron bordonas caciquejas en el silencio acompañando canciones de oceánicas poesías. Toda lalarga noche fue igual. No existieron las lágrimas. Asado y vino sostenían la llama del mito.

Al otro día fue preciso meterlo en el cajón. Imposible. Lo trasladaron a una pieza y creo que fue Onelia, una enfermera del lugar, que con la ayuda de hombres lo fueron quebrando para que ingresara al ataúd.

A la tarde llegó un carruaje blanco, absolutamente blanco tirado por cuatro caballos también blancos. Elféretro fue llevado fue trasladado a mano hasta casi la calle Salta. Atrás marchábamos silenciosamente mientras las guitarras dejaban temblar sus cuerdas.  Alguien sí lloró en el cementerio. Se iba el último angelito despedido con un velatorio como lo concebían las viejas tradiciones.

Aquél sucedido fue a la vuelta de mi casa.  Durante mucho tiempo cuando la noche se pegaba a la almohada la imagen del niño sentado, me visitaba. Costaba dormirse.  En realidad,de vez en cuando regresa, solo que ahora, ahora lo espero sin miedo… ��

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