Crónicas de una mujer valiente

Notas

El niñito ingresó a la sala de urgencias del Hospital Pasteur en un llanto desencadenado. Tenía un bracito quebrado. Magullones en otras partes del cuerpo. Par los profesionales no existían dudas de lo sucedido. ¡¡ Otro más!!  Llamado a la Justicia. Primero detuvieron a la madre luego al padre. Ella lo había golpeado de tal manera hasta romperle esa fina extremidad. Galenos y enfermeras mascullaron: “Hijos de puta…”. La Justicia tomó cartas en el asunto.

La responsable profesional del SENAF (Secretaría de Niñez Adolescencia y Familia) Indicaba a una FM: “Necesitamos que la gente denuncie estos hechos. Que se comprometa”. Rápido vino el recuerdo de los dos hermanitos degollados en Villa Nueva, también por su madre, habían sufrido aterradoras golpizas casi diarias. Los vecinos guardaron silencio por años. Luego fue tarde…

Escribe: Miguel Andreis

Bajita de gigante valentía

Desconozco que factores intervienen cuando alguien decide asumir un compromiso de involucrarse. Se habla de razones privativas a la naturaleza del ser, otros en cambio afirman que lo cultural conlleva enorme gravitación. No lo sé. La experiencia indica que de pronto el más cobarde puede transformarse en un valiente sin límites, y, al contrario.

Alguien dijo que los mansos dejan de serlo cuando la conmoción supera a la razón.

Viene a la memoria un hecho acaecido en mi niñez. Por entonces vivía en la calle La Rioja al 200, pleno Barrio Bonoris, hoy Guemes. Al 300 habitaban una vivienda dos amigos (Jorge y Mario) con su madre, Nilce Villarroel. Una maestra que nos marcara a varios. No era fácil por entonces sacarle pecho a la vida con el peso social de ser divorciada. Solidaria en todos los órdenes. Si hacía falta retarnos, no apelaba a eufemismos. Tampoco le escapaba a la caricia o el ayudarnos a hacer los deberes.  Paralelamente a la docencia tenía un mundo de marionetas en sociedad con su hermano Elvio. Las construían ellos. Una pieza repleta de esos muñecos con hilos casi invisibles tomados de una madera. Las funciones eran unos pesitos extras.  A él le decían, Toto, abogado y marionetista. Atendía a cuanto seco tuviese un problema. Militante inclaudicable del Partido Comunista, al que la policía tenía cierta pasión por llevarlo y arrojarlo con sus ideales entre rejas.  Derecho sin concesiones. De grande sentí admiración por tanta convicción. Ambos eran un compromiso con forma humana. El Toto se especializaba en derecho laboral. Peleaba por los tipos que no tenían nada. Así cobraba.

No obstante, el recuerdo más nítido de la palabra “compromiso” lo viví a los 8 ó 9 años, con esa mujer de baja estatura y gigante valentía.

Animales nobles

Por entonces la arena para las obras se transportada en pesados carros tirados a caballos. No todos los propietarios tenían consideración por esas “máquinas vivientes” de cuatro patas. Escasos de comida y faenas de 12 horas los destruían. Verano e invierno entrando al río. Estremecía verlos cómo se les hinchaban las venas cuando esas enormes ruedas se hundían en el barro y el látigo les despellejaba el cuero en un chasquido brutal. La sangre solía caerle por los costillares cuando la cadena le mordía el pellejo.  Animales nobles condenados al hambre y el destrato.

Circulaban por La Rioja, derechos para el Sport Club, atrás, estaba lo que llamaban el pozo “de cabezas”. Uno de los lugares de extracción.

Entre los carreros se encontraba un hombretón enorme de voz gruesa, camisa desprendida y pantalones arremangados.  Creo que de apellido Sosa.  Dicen que con anterioridad enlazaba perros para la Municipalidad y en sus años mozos fue un reconocido boxeador de la villa. Impresionaba su tamaño y su trato también. Y no solo amedrentaba a los chicos. Nadie se metía con él. Nadie excepto…

Se le plantó y le quitó el palo

Un día llega con el carro sobrecargado para dejar la arena en una casa en construcción vecina de Nilce. Mientras el morocho paleaba los áridos, haciendo un montículo junto a la vereda, uno de los equinos, el más raquítico, se desplomó primero sobre las rodillas y luego, enredados en los morrales, cayó pesadamente entre las patas de sus compañeros de yugo. El carrero intentó levantarlo tirando de las riendas. El freno le fue rajando la boca y arrancando molares. La sangre hizo un charco amarronado en el suelo. Gemía.  No se movía y los ojos estaban en blanco. La gente comenzó a amontonarse. Nadie abría la boca. Ese tipo de gruesos brazos intimidaba a todos, colgó el látigo (que tenía una cadena en la punta) sobre su hombro, mientras tomó un palo enorme y casi como si fuese un mortero lo aplastaba violentamente contra la cabeza del animal. Uno de esos le reventó el ojo. Por la vereda venía una mujer de delantal blanco y un viejo portafolios en mano. Apuró el pasó, bajó a la calle y se le prendió del brazo. El silencio invadió a los presentes. Esa mujer bajita se le animó. Le quitó el palo y se clavó entre el golpeador y el potrillo. Le solicitó a una vecina que llamase a la policía. Fuera de sí lo insultaba.  El carrero, impávido, estaba perplejo. Jamás pensó que una dama lo podía humillar de tal manera. Ella misma tomó la iniciativa de sacarle los arneses, pidió agua y le mojó la cabeza. A puras caricias logró ponerlo de pie. Trastabillaba.  Nilce se ofreció acompañar a la policía para testimoniar. Le quitaron ese animal e hizo que le controlaran los otros.  Firmó la denuncia y el de voz gruesa fue camino al calabozo.

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