Secretos de la cosas simples…

Notas

Y fue real…                                           hospital-pasteur-viejo

 

Fue en la década del setenta, no recordaba con precisión la fecha, pero lo asociaba con la llegada de Juan Domingo Perón a la Argentina. Se le planteó la duda si por entonces dirigía el nosocomio un doctor de apellido Vera. El, era un médico que recién estaba haciendo sus primeros pasos en la profesión. Llegó al Hospital Pasteur  para hacer  su residencia. Allí conoció al matrimonio en cuestión. Aquella situación era un recuerdo que le aparecía con frecuencia…

 Por: M.A.

16 años de casados

Las imágenes se volvían tan transparentes como la misma pantalla del televisor. ¡Lo estaban pasando por TN! Un canal de Buenos Aires. Un secretario del gobernador José Manuel de la Sota le entregaba una serie de reconocimientos y premios a un joven que tenía el mismo nombre, apellido, y la misma carencia de aquel niño que él había atendido en el parto… Se estremeció. Este joven había logrado destacarse en Francia, en uno de los segmentos del quehacer cultural.

La pareja vivía en un campo ubicado entre Oncativo y Río Segundo. Cuando ambos arribaron a los Tribunales de Villa María, ya lo habían hecho antes en los de Córdoba; también en Santa Fe. Llevaban más de 16 años de casados y no podían tener hijos. Demostraban una calidez y compañerismo poco frecuente.

El último diagnóstico fue terminante, una anomalía congénita de ella (útero infantil) no le permitiría ser madre biológica. Debatieron el tema y tomaron la decisión de adoptar. Allí se inicia un peregrinar por distintas oficinas de la Minoridad no solamente de Córdoba. Extendieron su búsqueda en Santiago del Estero y Catamarca. Pasaron dos años y  les llegó la primera respuesta oficial. Un pariente que vivía en la misma ciudad de Oliva, viaja  hasta el campo  y les comunica que el Juez de Menores de Villa María, los citaba para la semana siguiente.

 

Conocían perfectamente el camino y también la acumulación de expectativas que se iban esfumando. Desde una clínica de Salta ya le habían ofrecido un bebé, de Resistencia otro. Siempre el dinero de por medio. Ambos sostenían un argumento: “Pagamos la internación y lo que haga falta a la madre, pero no compraremos un chico. Un hijo no se puede comprar”.

Los temores

Arribaron con media hora de anticipación al alto edificio de Tribunales. Entraron expectantes al despacho del magistrado, quien luego de una breve charla le comunica que una madre joven estaba dispuesta a dar su niño que nacería pronto. Llevaba siete meses de embarazo y el próximo sería el sexto. También le informó sobre algunos aspectos legales, tales como que por un determinado tiempo se lo entregarían en “guarda” previó a la adopción; la madre podría arrepentirse y recuperar el mismo. Todo un riesgo. Aceptaron todas las condiciones y ofrecieron, ayuda económica para la mamá. Sólo ellos sabrán qué sintieron cuando salieron de aquella entrevista donde además participó una asistente social, que colaboró en cada interrogante.

La ansiedad se instaló como un fantasma deambulando la casa. Les pareció que el almanaque no movía sus hojas y que las horas comenzaban a mostrar su interminable flexibilidad. Volver del tambo, salir a arar, achatar los terrones de tierra tenía todo el mismo factor predisponente: el niño. Día por medio llamaban a Villa María en busca de alguna respuesta. Ni el almanaque se había detenido ni las horas variaron sus tiempos.

Aquella mañana -él la recordó bien, era un sábado 6 de enero- que le tocaba formar parte de la guardia, ingresaron ambos. Ella cargada de bolsas, casi exagerada. Un moisés henchido de batitas, botitas, mamaderas, y los ojos grandes mezclando la angustia con la esperanza. Iban a ser padres. Después de tanto tiempo; “padres”.

La mala noticia

 

Se acomodaron en uno de los bancos de la por entonces oscura galería, ubicada a pocos metros de la sala de partos. Allí esperaron. Dos horas medidas con cronómetros de eternidad.

Fue un  veterano médico que tenía a su cargo el área de ginecología quien le dijo al joven colega: “pibe, acompáñame a hablar con los padres…” Los pocos metros que separaban la sala de partos de la galería donde se encontraban esperando, se transformó en un túnel del tiempo.

Estaban los cuatro, de pie, mirándose sin atreverse a hablar. El veterano galeno fue quien intentó hilvanar la frase:

-Miren… hemos tenido un inconveniente serio, es decir el niño… quiero comunicarles que no se lo podremos entregar en adopción… es queeee…

-¿Qué pasó doctor? -casi gritó la mujer campesina- ¡No nos diga que la madre se arrepintió, que ahora no lo quiere dar…!

-No, nada de eso, es un varoncito con buen peso, y responde a todos los estímulos solo que… ya mismo nos comunicaremos con el juez para informarle del problema…

La desesperación del matrimonio se volvió incontenible.

-¿Qué pasa, por qué no podemos ver al niño? ¿¡Cuál es el inconveniente que no nos permite ver a nuestro hijo!?

El médico murmuró:

-Miren, sucede que el bebé nació ciego, y será ciego de por vida. Nació con los ojos deformados… no verá nunca. Ustedes pueden optar por anular todos los trámites. No pocas veces frente a estas circunstancias se quedan esperando una nueva oportunidad.

Ambos estaban turbados. Razonablemente conmocionados. Ella estalló en llanto; él la acompañó.

-¿¡Doctor, si en lugar de esa mujer, que casi ni conocemos, al niño lo hubiera tenido ella -y apretó el vientre de su esposa- qué cree que haríamos con el bebé por ser ciego!? ¿Regalarlo o entregárselo al estado?, interrogó el hombre de manos cortajeadas y palabras en sílabas espinosas.

El reconocimiento

 

Allí estaban en la pantalla chica, ella y él, con el mismo rostro lacerado por sucesiones de soles y escarchas de amaneceres, en la primera fila del teatro San Martín. Ambos lloraban como aquel 6 de enero. El hombre que había dejado de ser niño hacía varios años, mientras entregaba su blanco bastón a su madre, recibía de manos del representante del gobernador de la provincia una distinción por su carrera como pianista en Europa.

Al médico también se le nubló la mirada. Estaba inmovilizado. Tuvo ganas de gritar que  él había sido testigo de esas respuestas que generan los hombres simples. Las que se engendran en el sentido común. Y pensó que el acto más importante de aquella vida nunca nadie se había encargado de reflejarlo.

Quizás ni hiciera falta…

One thought on “Secretos de la cosas simples…

  • Sr. Andreis: este artículo es una pieza maestra de humanidad. Lo aplaudo con mi corazón y me enorgullece que nuestra región tenga plumas de este calibre. Le envío un sentido saludo.

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